La ciudad: sus símbolos
Nuestra ciudad está simbolizada por la escultura de un ángel, que en realidad es una ángela. Cada ciudad memorable tiene un símbolo que la distingue y que permite recordarla. Entre más poderoso y claro sea ese símbolo será mayor su reconocimiento social. El águila y ...
Nuestra ciudad está simbolizada por la escultura de un ángel, que en realidad es una ángela. Cada ciudad memorable tiene un símbolo que la distingue y que permite recordarla. Entre más poderoso y claro sea ese símbolo será mayor su reconocimiento social. El águila y la serpiente, en monedas y billetes, son unos que no necesitan ya una plaza o un monumento para ser reconocidos. Un monumento puede ser un símbolo, pero eso no es frecuente, porque no todos se convierten en una referencia socialmente reconocida y valorada, que es una de las características más importantes para que pueda convertirse en un símbolo. Otra, es que los aspectos formales y las referencias ideológicas de un monumento están sujetos a un proceso por el cual los ciudadanos lo aceptan y lo aprecian, en un determinado entorno urbano.
En las ciudades, sus símbolos están en lugares públicos; plazas, avenidas o edificios. Esos lugares son fundamentales para que sean significativos. Apreciamos el Monumento a la Revolución, porque está en la plaza que lo realza; el Hemiciclo a Juárez está en la Alameda, sobre una gran avenida. El monumento a la Independencia se ha convertido en gran medida en un símbolo, porque está en una magnífica avenida y en una glorieta que eleva su importancia. Las torres de Ciudad Satélite (1956) eran el inicio de la carretera hacia Querétaro; sin embargo, al modificarse el entorno donde está un símbolo urbano se puede destruir parte de su valor, como ha sucedido con las torres. Aunque siguen en el mismo lugar, la destrucción paulatina de su entorno y la invasión de anuncios han provocado una enorme confusión visual que demerita la enorme calidad estética de las torres, que fueron una de las primeras esculturas urbanas en el mundo. Posteriormente, las esculturas de la Ruta de la Amistad (1968) fueron un importante antecedente en la transformación del concepto mismo de monumento urbano.
Hasta el siglo XIX los monumentos eran esculturas que —en un lugar específico de la ciudad— mantenían el recuerdo de un acontecimiento histórico o mitológico. Los monumentos son muy aceptados porque legitiman acontecimientos o personajes y, por eso, puede comprobarse que, en la medida que los regímenes se convierten en dictaduras, las esculturas y monumentos brotan en las ciudades como instrumentos de manipulación masiva. Sin embargo, la pérdida de credibilidad de las narraciones históricas y la necesidad de replantear su legitimidad y nuevas lecturas, interpretaciones y reapropiaciones de la memoria histórica colectiva, provocaron el paulatino declive de la escultura conmemorativa. La modernidad despojó al monumento de la función representativa y del tamaño que había conservado hasta el siglo XIX, y cuestionó su legitimidad como memoria histórica colectiva.
A menudo se confunde monumentalidad con tamaño, pero hay esculturas o edificios que, siendo pequeños, se han convertido también en símbolos, como la pequeña escultura de la Sirenita, que es un distintivo para los holandeses. Si el tamaño determinara la importancia de un símbolo, los grandes anuncios publicitarios serían ahora los nuevos monumentos en las ciudades, pero es precisamente su tamaño y su abundancia lo que provoca la saturación visual que los hace prácticamente invisibles.
Aunque se intente reiteradamente convertir a muchas esculturas o edificios en símbolos, lo obvio es que —como los buenos vinos— se requiere de calidad y tiempo para que sean verdaderos símbolos.
