La ciudad: construir en lo construido
En 1950, México tenía 25.8 millones de habitantes, y sólo 28% vivía en 84 ciudades 7.2 millones. En 2015, nuestro país tiene 121 millones, la zona metropolitana del Valle de México tiene 21.3 millones, hay 14 ciudades de más de un millón y 19, de más de quinientos ...
En 1950, México tenía 25.8 millones de habitantes, y sólo 28% vivía en 84 ciudades (7.2 millones). En 2015, nuestro país tiene 121 millones, la zona metropolitana del Valle de México tiene 21.3 millones, hay 14 ciudades de más de un millón y 19, de más de quinientos mil habitantes (Conapo). Esa transformación se realizó en muy poco tiempo y explica que México sea ahora uno de los países más urbanizados del mundo. También explica que los procesos de urbanización rebasaron prácticamente todos los límites ambientales, económicos, físicos y sociales de cualquier planeación.
Si se comparan fotos aéreas de esas 34 ciudades —de 1950 a 2015— se puede ver que su crecimiento ha sido explosivo; son una imagen de la mancha central y sus salpicaduras en la periferia menos densa. Esas imágenes hacen evidente, también, que el reto futuro en las ciudades será construir en lo construido y, como uno de los límites del crecimiento es la tierra, se tendrán cada vez conflictos más fuertes para aprovecharla. Los extremos de esos límites son el crecimiento en las periferias, o en las zonas centrales de las ciudades; el crecimiento horizontal disperso, o el vertical concentrado. Ante esa presión, las alternativas han sido seguir dispersando la ciudad, ocupar los “huecos” en su trama, o construir en lo construido.
La decisión que se haga determinará no sólo la forma y características de nuestras ciudades, también hará evidentes los criterios políticos y sociales que se apliquen. Esa decisión —como lo ha enfatizado Jordi Borja— puede servir para privilegiar la especulación inmobiliaria, o para beneficiar a los ciudadanos de todas las clases; para generar segregación social y acentuar las desigualdades, o para establecer prioridades sociales; para promover el espacio público, o privatizarlo; para privilegiar el uso del auto privado, o reforzar el transporte público; para proteger el ambiente, o para destruirlo.
Algunos urbanistas consideran que la ciudad es un espacio abstracto, en el que pueden intervenir con grandes planes y obras. Sin embargo, el urbanismo tiene una dimensión política que actúa siempre en áreas, intereses, grupos, necesidades y valores que están en conflicto, y que beneficia —aunque no se admita— a pocos, o a la mayoría de los ciudadanos.
En una reunión del Banco Mundial, para garantizar que el crecimiento urbano beneficie a los pobres (Singapur, enero 2015), se admitió que los procesos de urbanización se han realizado en gran medida por las fuerzas del mercado. Sin embargo, ante las evidencias de esa visión parcial e injusta, exhortaron a los responsables de formular y aplicar políticas a nivel nacional y municipal a que garanticen que esos procesos se hagan de forma sustentable e incluyente; y se propuso la aplicación de los siguientes criterios:
1. Preparar la futura expansión espacial, mediante una planeación territorial dirigida; 2. Garantizar una urbanización eficaz, para promover la diversidad en la actividad económica; 3. Realizar una urbanización incluyente, para reducir las desigualdades sociales; 4. Promover la urbanización sustentable, garantizando la correcta ubicación, planificación y desarrollo de las áreas urbanas; 5. Remediar la fragmentación metropolitana, por encima de las fronteras municipales.
En las conclusiones se señaló que: “Si se aplican estas alternativas, se podrá ayudar a combatir la pobreza y a potenciar una prosperidad compartida”.
