La ciudad y la tierra

En México las ciudades se han extendido mucho, en muy poco tiempo...

La tierra ha sido y será el espacio donde las ciudades se desplantaron. En las orillas de ríos, mares, o caminos, en valles, o en las  colinas se han construido y esa localización ha determinado su evolución, o su estancamiento. Aunque se supone que hay mucha, la disponibilidad de la tierra en cualquier ciudad es limitada y por eso es valiosa. Su trazo ha dependido de las características del terreno; como plato roto, para adaptarlo a la accidentada topografía de montes y cañadas, o en retícula sobre terrenos planos. También se han dado caprichos, o grandiosas locuras, como Pekín, Tenochtitlán, o Venecia.

La tierra siempre ha sido y será motivo de conflictos graves; especialmente si –como en México– las ciudades se han extendido mucho, en muy poco tiempo. Esa etapa de crecimiento poblacional explosivo obligó a violentar límites de crecimiento urbano, que no se previeron.

El resultado está a la vista, ciudades con centros históricos bien planeados, con agua, drenaje y servicios que han ido desapareciendo en la dispersión de las nuevas áreas en la periferia. El éxodo a la ciudad ocupó tierras de cultivo, cañadas, cerros y zonas inundables que fueron incorporadas a un “progreso” que no fijó límites, ni controló la voracidad de especuladores. En México, muchas de esas ciudades son ahora más dispersas y menos densas, y los datos son alarmantes: en sólo 30 años, la población en las 92 ciudades más grandes creció 2.64 veces y la superficie se extendió 9.45 veces. La densidad de habitantes por hectárea en el valle de México es de 85 y en las ciudades más importantes es de 43. En contraste, en ciudades chinas o japonesas, la densidad es de 130 y en las europeas de 55. Esa densidad se ha reducido progresivamente, porque se creció horizontalmente y de manera fragmentada. Por supuesto hay casos aun peores, como el área metropolitana de Boston que, en sólo 15 años, aumentó su población 6.7% pero creció su superficie un 47% (Instituto Brookings).

Las consecuencias de esa baja densidad y dispersión en las ciudades son la segregación de la gente en el suelo urbano; deficiente movilidad, desperdicio de combustibles y del tiempo en traslados lentos, degradación del medio ambiente y pérdida de productividad.

Aprovechar mejor la tierra en la ciudad es fundamental para su buen funcionamiento; un buen ejemplo es el pago del impuesto predial que representa la mayor fuente potencial de ingresos de los municipios. Sin embargo, es muy baja la recaudación del impuesto, porque es políticamente incorrecto cobrarlo.

¿Qué se debe hacer para revertir esa dispersión? Lo primero es comunicar a los ciudadanos las acciones y obras que se van a realizar, para incorporar su participación; estimular las obras de redensificación, aprovechando las infraestructuras y servicios existentes, construyendo sobre lo construido; promover la mezcla de usos y la oferta de diversos tipos de vivienda vertical; estimular la construcción en predios baldíos; rehabilitar espacios públicos, barrios y edificios; preservar las áreas naturales con fuertes medidas de protección; y fortalecer diversos tipos de transporte público, interrelacionando sus terminales. Éstas y otras alternativas deben ser analizadas para prever sus efectos negativos: falta de agua, de servicios o de tierra.

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