Está de moda y es muy popular promover la ciudad “sustentable”, “saludable”, o “inteligente” y nadie puede estar en desacuerdo con esos propósitos. Sin embargo, cualquier análisis muestra que las ciudades no son sustentables, saludables, o inteligentes, porque se requieren grandes inversiones para que esas intenciones se acerquen a la realidad. Lo inteligente es admitir que para ser sustentables, todas las ciudades necesitan conocer los límites y posibilidades de su entorno y de sus recursos y, el agua, es el principal.
Desde su origen, los habitantes de las ciudades buscaron la cercanía al agua. Surgieron así a la orilla de ríos, o de mares. Nuestra ciudad no fue la excepción; nació en una isla, en medio de los lagos del Valle de México. Era sustentable, porque tenía un equilibrio que permitió habitar, producir alimentos y pescar, con ingeniosos sistemas que aprovechaban el agua como elemento básico de sobrevivencia.
Sin embargo, los límites de esa ciudad se modificaron al drenar los lagos para extenderla horizontalmente. A partir de entonces, la ciudad creció y ha sobrepasado los límites de su abasto “natural” al extraer agua de pozos y transportarla desde otras cuencas, para atender las crecientes necesidades de 21 millones de personas que vivimos en el Valle de México, además de las de la industria y el comercio.
En el Valle de México la principal fuente de abasto es el acuífero, porque de 60 a 70% del agua proviene de esa fuente. Actualmente se consumen 32 m3 de agua por segundo en el Valle de México; 23 m3 se extraen de 900 pozos profundos, y 9 m3 llegan del sistema Cutzamala. Los pozos en el Estado de México aportan 7.6 m3 que, sumados a los del Cutzamala, son 16.6 m3; la mitad del consumo por segundo. Existe una sobreexplotación, ya que la extracción es mayor a la recarga, por la demanda creciente y la reducción de zonas de captación. Ese es un grave problema, cuyo efecto ha sido el hundimiento en grandes áreas de la ciudad central.
El agua se distribuye a través de 12 mil kilómetros, y se calcula que la pérdida por fugas fluctúa de entre 30 a 40%, porque algunas líneas tienen más de 30 años de uso. Ése es otro problema que equivale a perder diez mil litros por segundo y para recuperarlos se requieren urgentemente obras costosas y enormes. Un problema más es que el consumo diario por persona en las 16 delegaciones del DF es mayor al recomendado de 200 litros, que varía desde 202 en Venustiano Carranza, 321 en Álvaro Obregón; 404 en Azcapotzalco, hasta 560 en Tlalpan (cuidarelagua.df.gob.mx). Ese problema se puede atender más fácilmente, ya que el uso responsable del agua puede reducir el consumo en 60%. La solución no es fácil y es políticamente incorrecta: implica subir las tarifas de consumo, aplicando mayores costos a los que más consumen, porque hay que evitar que el agua se desperdicie por encima de los índices internacionales de países más desarrollados. La aplicación de dispositivos ahorradores de consumo, la prevención de fugas, la vigilancia ciudadana y la aplicación de fuertes multas por el desperdicio son algunas soluciones. Otra alternativa es aumentar las campañas para que entendamos que del ciudado y protección del agua depende la sobrevivencia de cada ciudadano.
Es evidente que las primeras víctimas por romper los límites en cualquier ciudad son las poblaciones marginadas. La nuestra tiene 97% de cobertura del servicio, pero 15% recibe el servicio de agua una vez al día, y otro 10% sólo una vez a la semana.
