Paisaje, ciudad y arquitectura
Los criterios para restaurar edificios tradicionales han sido contradictorios.
…esa ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata.
Italo Calvino. Las ciudades invisibles
En nuestro país los criterios con los que se trabaja en la regeneración o restauración de edificios tradicionales han sido contradictorios. Por un lado, hay personas o grupos que sostienen que invertir recursos en conservar edificios viejos es una tontería, ya que sería mejor invertir en construcciones nuevas, para no echar dinero bueno al malo. El progreso es entendido así como inevitable, y la destrucción paulatina de la ciudad se justifica —no por el magnífico negocio que se ha hecho al derruir viejas construcciones y vender después los terrenos— sino como el proceso “natural” de crecimiento y muerte de las ciudades.
Otros argumentan que el “patrimonio” se tiene que defender como si fuera sagrado y eterno. Esta situación revela la tensión entre la destrucción o el estancamiento. El asunto no es fácil de resolver porque el patrimonio no permanece estático. Las diversas escalas de intervención en el entorno construido comprenden: el paisaje, la ciudad y la arquitectura.
La naturaleza no es el paisaje, es todo lo que nos rodea y lo que se ha destruido con una irracionalidad que nos tiene al borde de una catástrofe, cuya evidencia es el grave cambio climático. Dentro de la naturaleza, la primera escala es el paisaje, lo diseñado por el hombre; que es necesario “ordenar” para aprovechar, preservar y proteger la naturaleza.
La siguiente escala es la de las ciudades, donde se requiere que las avenidas, barrios, calles, edificios, plazas y parques sean reconocidos y preservados. Es evidente que en la ciudad no todo debe ser conservado; el proceso de evolución debe mejorar la ciudad, no destruirla, aunque a veces es necesario realizar cambios profundos.
Hay una creciente insistencia en que esas intervenciones, al igual que cualquier otra en la ciudad, deben de ser acompañadas —desde el principio— por una activa participación de los ciudadanos, para que se pueda tener la seguridad de que las obras se inicien y sean terminadas adecuadamente.
La revitalización de la ciudad no se debe llevar a cabo si no se prevé la especulación con el valor del terreno y se dictaminan sus diversos usos.
En eso los gobiernos son responsables directos, porque tienen que vigilar que los trabajos no sean aprovechados para beneficio de unos cuantos que, al desalojar, destruir o vender los edificios, resultan ser los más beneficiados. Esos trabajos no deben ser sólo una acción de cosmético o de arreglo de fachadas, sino que tienen que atender las particularidades y diversos modos de vida de sus habitantes.
La tercera escala, la de los edificios, es la que habitualmente ocupa los programas de protección del patrimonio. Es, además, la más aparente y la que recibe mayor atención del público y los especialistas. Siendo muy importante, concentra su atención en edificios que a menudo no atraen tanto la atención de la mayoría y ha servido también para ocultar la destrucción de áreas completas en las ciudades.
Las recientes “transformaciones” de barrios completos son la evidencia de que no se ha puesto suficiente atención en la escala de preservación del patrimonio construido de la ciudad y que, desafortunadamente, se sigue enfatizando la importancia de edificios aislados que, siendo importantes, lo son menos que la ciudad en su conjunto.
