En el resto del mundo, ¿temen a la libertad como aquí?

Lo sucedido durante las campañas desnudó a partidos y sus dirigencias y a sus candidatos, en lo que se refiere a valores éticos

Lo sucedido durante las campañas recién concluidas dejó ver de manera clara lo que somos en materia de respeto de la ley; aún más, el proceso desnudó a partidos y sus dirigencias y a sus candidatos, en lo que se refiere a valores éticos y su respeto por parte de todos ellos.

En pocas palabras, lo visto y padecido fue un completo y nauseabundo cochinero. Si bien esto no fue nuevo en la vida del país en materia de elecciones, los niveles alcanzados —casi de locura de todos: autoridad y demás actores junto con los ciudadanos—, deberían avergonzarnos.

Por si faltare algo para ratificar mi pesimismo respecto del futuro que nos espera —dado lo que somos y cómo somos—, los procesos electorales en los cuatro estados (Coahuila, Edomex, Nayarit y Veracruz) vinieron a proporcionarlo. 

Hoy, las declaraciones casi surrealistas relacionadas con la visión que tienen partidos y sus dirigencias, así como la autoridad y la casi totalidad de la clase política acerca de lo electoral, no dejan lugar para la esperanza de que las cosas cambien para bien. Comento hoy, para explicarme (lo que espero lograr) y soportar mi posición, lo que tiene que ver con la libertad y su ejercicio soberano por parte del ciudadano.

Si usted me preguntare cuál es la causa primera que ha generado todos estos enredos y sinrazones en materia electoral, y lo inútil e ingenuo de las reformas electorales —como afirma con justeza el Dr. Ugalde—, que los partidos han promovido y aprobado desde hace 40 años, diría que no es otra que el miedo —que raya en el pánico—, de la

clase política frente a la libertad del ciudadano para decidir.

Las diferentes modificaciones han tenido, casi como único objetivo a alcanzar por parte de los partidos, reducir la libertad de decidir del ciudadano. Sea en materia de promoverse cuando guste para aspirar a ser designado candidato a un puesto de elección popular por un partido, o por la vía independiente, o la libertad para apoyar a éste o aquel precandidato o candidato con los recursos lícitos que guste y pueda, las restricciones impuestas por los partidos en el texto legal son de dar risa, si no fuere porque lo que en realidad expresan, es el pánico al ciudadano en el pleno ejercicio de su libertad.

Si a lo anterior agregáremos los requisitos —casi insalvables—, que los partidos han introducido en la legislación electoral, relacionados con la formación de nuevos partidos, están de no creerse. 

Es tan profunda la complicidad entre los partidos grandes para evitar la llegada de nuevos partidos, que de inmediato —al conocer aquellos—, uno no puede menos que pensar en un remedo de dictadura; remedio sí, pero muy efectivo para impedir —o dificultar cuando menos—, la libertad de asociarse del ciudadano, y participar en los procesos electorales para ejercer a plenitud su derecho a votar y ser votado.

¿De qué sirve lanzar loas a Emmanuel Macron, y a sus propuestas de cambio al osificado sistema político francés si aquí lo que los guía es lo opuesto a sus planteamientos? ¿Acaso han dicho, explícitamente y sin ambages (rodeos de palabras o circunloquios), los que buscan ser candidatos y mañana triunfar en la elección del 1 de julio del año 2018, que se comprometen a enviar al Congreso una iniciativa de ley, que removería la casi totalidad de obstáculos para la formación de nuevos partidos?

¿Usted piensa que lo harían, si triunfaren? Yo tampoco; le tienen pánico al ejercicio de la libertad por parte del ciudadano.

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