¿Por qué esos gobernantes no hablan tanto como los nuestros?
Aquí lo que priva es la sobreexposición que lleva al lector, radioescucha o televidente a rechazar, casi inmediatamente, la figura del gobernante.
Por razones profesionales sigo, desde hace años, la economía y vida política de los países que son, podríamos decir, nuestros principales socios comerciales y también, no pocos de ellos, aliados políticos. En consecuencia, seguir a Estados Unidos, Canadá, República Popular China, España, Alemania, Francia, Brasil y Chile, entre otros, me ha permitido poder establecer algunas comparaciones —arbitrarias para algunos—, que dicen mucho de lo que aún somos en cuanto al quehacer político se refiere.
Desde el principio de esta administración, después de haber seguido con una disciplina que casi rayó en el masoquismo, la práctica discursiva del presidente Felipe Calderón, decidí que debía hacerlo también con el Presidente actual; además, como complemento obligado para hacer algunas comparaciones de la gobernación que se practica en esos países con la nuestra, debí ampliar el abanico para incluir a los presidentes, primeros ministros o canciller —según fuere el caso—, de aquellos países.
La pregunta que resume el ejercicio que me propuse llevar a cabo, fue ésta: ¿Qué tanto habla el gobernante de aquellos países?
Lo que encontré, que me sorprendió —debido a mi limitado conocimiento de la forma de hacer política en algunos de esos países—, fue una realidad desagradable; la resumo así: comparados con nuestro gobernante, los de aquellos países son unos mudos. Mientras que en aquéllos el gobernante dosifica sus apariciones públicas y discursos, al grado de parecer casi invisible durante periodos que aquí parecerían eternos, aquí es todo lo contrario.
Aquí, desde hace años, lo que priva es la sobreexposición que lleva al lector, radioescucha o televidente a rechazar, casi automática e inmediatamente, la figura del gobernante en turno.
Lo más curioso de esa realidad, es que la gobernación en ellos no padece daño alguno; es más, la población en general parece estar contenta con esta austeridad discursiva de su gobernante. No sólo no lo extrañan, tampoco su voz e imagen, sino que la simple mención que les hice de un discurso público diario, de lunes a viernes del gobernante en turno, les pareció una locura. No faltó el que me preguntara, que cómo era posible que hubiera sociedades que soportaran una práctica así.
Al conversar del tema con amigos que conocen bien la realidad de algunos de esos países, me comentaron que ahí, nuestra incontinencia verbal, de intentarlo siquiera el gobernante, lo que obtendría de los ciudadanos y la clase política, y de los medios, sería el rechazo contundente e inmediato.
Las preguntas, surgieron incontenibles: ¿Por qué aquí, no solamente el gobernante en los tres órdenes de gobierno sino políticos en general, piensan —y actúan en consecuencia—, que la gobernación consiste, esencialmente, en pasar el tiempo diciendo discursos? ¿Qué los impulsa a salir todos los días a hablar ante audiencias las cuales, las más de las veces, no le prestan a sus palabras la menor atención?
¿Qué busca pues el gobernante, que va de acto en acto pronunciando discursos insulsos, carentes de contenido y sustancia? ¿Acaso lo que lo impulsa y lleva a estar siempre fuera de la oficina discurseando, es el temor a decidir, a tomar decisiones impopulares y dolorosas que constituyen, a querer y no, la esencia de toda gobernación responsable?
¿De eso se trata entonces, de huir del escritorio por miedo a decidir? ¿De huir de la responsabilidad adquirida, y darnos a cambio miles de discursos?
