Dada su incapacidad para entender lo que pasa, ¿qué plantearán este 8 de septiembre?
La situación que vemos y enfrentamos —junto con casi todos los países del mundo—, es un episodio más de esa gran transición a una nueva realidad.
Para nadie es un secreto, que las cosas están más complicadas de lo que todo el mundo esperaba y, aún cuando no pocos funcionarios del más alto nivel y sus oficiosos defensores (Ese ejército que crece sin control alguno, el de Los Glúteos Veloces) lo nieguen una y otra vez, las cosas para economías como la nuestra, van a empeorar antes de mejorar.
Esto, a querer y no, será resultado lógico de la incapacidad de los responsables de diseñar y aplicar políticas públicas coherentes las cuales, esencialmente, deberían responder a las necesidades que las economías y sus obstáculos estructurales exigen. La situación que vemos y enfrentamos –junto con casi todos los países del mundo–, es un episodio más de esa gran transición a una nueva realidad, proceso que una muy buena parte de los países y sus gobiernos se niegan a llevar a cabo.
Es tal la renuencia a aceptar la necesidad de ajustarse a la realidad creada por las economías abiertas y una globalidad omnipresente, resultado ésta de los procesos de transformación que empezaron, cuando menos, hace cincuenta años, que lo que buscamos es identificar siempre un causante externo de las dificultades que parecen no tener fin, en vez de analizar objetivamente el conjunto de factores estructurales internos donde yace, las más de las veces, las causas de tantos efectos negativos.
Hoy, el malo de la película es la gerontocracia china; ese grupo de ancianos de edad y mente que creyéndose nuevos emperadores, albergan un sueño de dominación que hoy les estalló en la cara. Son tan incapaces para manejar el poderoso vehículo que la obligada apertura de su economía fabricó–en un proceso que comenzó hace poco más de 35 años–, que se niegan a aceptar que llegó la hora de la apertura política y, es ahí, en esa renuencia a aceptar lo inevitable, donde radica la causa de la tragedia que hoy los golpea.
El aterrizaje del ciclo de crecimiento por encima del 11 o 12% anual –que casi duró tres decenios–, que llegaría inevitablemente a otro de niveles del 6 o 7% y apoyado en el mercado interno, más que en las exportaciones, fue visto por no pocos ingenuos desconocedores de la historia china, como un proceso suave el cual, decían, no causaría estragos en China y en el resto del mundo.
Sin embargo, lo que hoy vemos, apenas empieza; la inestabilidad política que seguirá en la República Popular China, demostrará la incapacidad analítica y la desviación ideológica de los que sueñan con una debacle de los Estados Unidos, y con la nueva hegemonía mundial, la de los nuevos emperadores.
Su antinorteamericanismo es tan absurdo y falto de sustento -por no decir otra cosa-, que ya andan a la búsqueda de la explicación que los salvaría del ridículo debido éste, sobre todo, a sus planteamientos producto de una visión ideológica caduca, no del análisis objetivo de la realidad estructural de un país gobernado por un grupo reducidísimo de ancianos cuya única preocupación es, no perder el poder y los privilegios que conlleva.
Los ancianos dictadores chinos, se ven en el espejo de la realidad cubana y lo que enfrentan dos viejos trasnochados ideológicamente, y se asustan; en consecuencia, se aferran al poder antes que abrirse a los cambios políticos que toda apertura económica genera.
Aquí, dada la incapacidad evidente de los nuestros, más jóvenes que aquéllos, ¿qué baratija propondrán este 8 de septiembre? ¿Acaso algo efectivo, o más de lo mismo?
