Nuevo No circula

Aunque la contaminación llevaba tiempo engordando, el monstruo apenas era un bebé. El nene ya creció y hoy cumple la mayoría de edad.

La camioneta negra desacelera, frena y gira a la derecha estacionándose en un cajón vacío. Automáticamente se abren las puertas delanteras, salen dos guardaespaldas, el primero abre una de las puertas traseras, mientras el segundo peina la zona con mirada penetrante, oculta por gafas obscuras. Un tercer individuo, recién descendido, ingresa con rapidez al recinto. Continúa la sucesión de automóviles gigantescos aparcándose y depositando personas escoltadas. De pronto, aparece uno diminuto, ya colocado en el estacionamiento. De él baja un hombre quien se dirige hacia la puerta del edificio. En seguida, un par de guardias en trajes marinos lo detienen y le ordenan quitar el escarabajo. Este lugar está reservado para el director del Banco Mundial de Energía —dicen, serios. Sí, soy yo, oficial —contesta sonriente el personaje.

Esta lección histórica, al estilo José Mujica, era en un anuncio muy viejo del Volkswagen sedán. Creo que salía en la década de los ochenta, cuando una grave crisis petrolera azotaba Occidente. Razón por la cual muchos carros estadunidense redujeron drásticamente sus tamaños y motores. Aunque la contaminación llevaba tiempo engordando, el monstruo apenas era un bebé. El nene ya creció y hoy cumple la mayoría de edad. Sobran pruebas de su poder y peligro: incremento de la temperatura promedio del mundo, de las concentraciones de ozono, de metano, de dióxido de carbono, de metales pesados, el deshielo de los casquetes polares, la devastación de ríos, mares y bosques. La lista es interminable. La semana pasada le escupió a la Ciudad de México elevando los contaminantes aéreos a niveles alarmantes. ¿Dónde quedaron las medidas ecologistas de dicha urbe? En la basura. ¿Qué dicen los expertos en materia ambiental del gobierno y de los partidos de oposición? Estulticias, sólo saben culpar al partido contrincante. El programa Hoy No Circula, mito gubernamental como el del cambio de horario, quedó sobrepasado. La medida es desigual. Y no me refiero a la estupidez de condicionar la adquisición del tipo de holograma al año del auto —cosa que se modificó al fin—, sino al hecho de que hay ciudadanos ensuciadores de primera y de segunda. La obtención de la calcomanía se basa en el nivel de polución que emite un carro; sin embargo, no toma en cuenta el volumen de hidrocarburo quemado. En ese sentido, una mamioneta de seis u ocho cilindros ensucia el aire de una vez y media a dos veces más que un auto compacto. Imagine un político u otra persona ostentosa que circula en este tipo de transporte junto con dos más como seguridad —inseguridad para los demás—, esos tres vehículos son en realidad seis. Bien haría la gente con cierto nivel económico y del gobierno en conducir un tipo de coche diferente si se dice comprometida con el ambiente.

Transporte público gratis —cuando es insuficiente—, políticos viajando en el Metro —acompañados de guaruras— o en bicicleta —que no saben manejar— son farsas que atentan contra la inteligencia. La única forma de controlar el deterioro ambiental consiste en frenar el desarrollo de la megalópolis. La ecuación es simple en extremo, trivial: a más gente, más contaminación.

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