La ciencia y la religión (1)
¿Puede ayudarnos con el cambio climático, las bajas del peso y del petróleo, la violencia del narcotráfico o la corrupción?
La teodiversidad afrontó, desde hace algunos milenios, hasta hará unos quinientos años, una extinción insólita. Cuatlicue, Kukulkán, Viracocha, Coyote, Odín, Tutatís, Hera, Venus y otros cientos de dioses desaparecieron en Europa y América. Fueron engullidos por el ímpetu de una deidad sin nombre, nacida en el Medio Oriente, denominada por sus seguidores Dios –pareciese que la originalidad no es pecado en esa corriente. Dios se hizo omnisciente al acumular la sabiduría de cada uno de los comidos. Antes, Tláloc era el responsable de las lluvias, Diana de la caza, Loki de lo malo, y cada uno atendía en sus instalaciones. Hoy, todo se centraliza en una ministerio bajo un mando único. Cualquier lamento o súplica llega finalmente al mismo escritorio. Es posible que la cantidad estratosférica de secretarías acabara siendo obsoleta, y entonces, juntar los asuntos del mundo sea una mejor estrategia. Así se ahorra presupuesto y se elimina burocracia redundante. Como el número de solicitudes es enorme, se ha desplegado un aparato administrativo, los hombres de negro —no los colegas de Will Smith—, para enseñar a la gente la manera de comunicarse con El Despacho. Conexiones 4G y wifi son innecesarias, basta con unas oraciones para que la deidad capte. No obstante, sólo recibe datos, ni siquiera las dos palomitas azules están habilitadas. Si algún día le contesta, sea cauteloso, no lo mencione, podría acabar en un psiquiátrico. El líder de este sector administrativo inmenso, el papa Francisco, llegó el viernes protegido de manera insolente a nuestro país. ¿Acaso hay tantas quejas en México contra su jefe como para temer por su seguridad? ¿Viene a solucionar peticiones urgentes? ¿Puede ayudarnos con el cambio climático, las bajas del peso y del petróleo, la violencia del narcotráfico o la corrupción?
La religión es un conjunto de creencias, las cuales son posiciones que no admiten discusión. Son dogmas, por lo tanto, su veracidad es vacío. ¿Por qué la mayoría de las personas las toma como ciertas sin exigir comprobaciones? Al contarles que existe el monstruo del espagueti volador en el espacio (Monesvol), no lo creen, piden pruebas y se ríen. Insisten en alguna demostración, incluso si se les informa que ya es una religión aceptada en los Países Bajos, conocida como pastafarismo. Monesvol y Dios se sustentan sobre la misma ausencia de evidencias y hechos, ¿por qué uno causa mofa y el otro respeto? El poder del argumento ad nauseam es enorme, como dijo Joseph Göbbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Más, si se le suma el ad baculum.
Cuando presumimos de nuestra especie, del gran Homo sapiens, ese hombre sapiente, la criatura dominante de la Tierra, que ha logrado subyugar la naturaleza, descubrir los átomos, los genes, las ondas gravitatorias, inventar computadoras, manipular animales, plantas y microorganismos, viajar al espacio e ingeniar vacunas, sólo por nombrar una lista minúscula de avances, a diferencia de la animalidad restante, a guisa de estandarte enarbolamos los logros científicos, nunca los religiosos, porque ninguna religión ha proveído jamás conocimiento a la humanidad.
