¡Mosquitos!

¿Sabías que existen 3 mil 500 especies? ¿Que el género Aedes transmite zika, chikunguña, dengue y fiebre amarilla? ¿Que el Anopheles contagia paludismo?.

Finaliza el día. Ya en la cama, Juan mira hacia su derecha donde reposa Ana. La mujer duerme. Apaga la TV y la luz de la mesita de noche.

     El rostro de Juan aparece multiplicado en cada una de los cientos de facetas de dos ojos compuestos. Es el momento esperado. Se pone a funcionar un par de alas. El zumbido agudo navega por la habitación: zzzz. Rápidamente aterriza en la mano del hombre y le clava su estilete. Comienza a salir la sangre. Un movimiento hace que el mosquito vuele para evitar un golpe. No hay problema. Tiene toda la noche para cenar. De nuevo se acerca vertiginoso y reposa en el brazo de la mujer. Ella se mueve súbitamente. El insecto se eleva y vuelve a la carga. Así pasan unos quince minutos hasta que Juan se despierta e identifica que hay un mosco en la habitación. ¡Maldición!, piensa. Como todavía no ha caído en sueño profundo, se siente capaz de acabar con el engendro. ¡Miserable insecto, ya verás!, dice mientras prepara la emboscada. Se hace el dormido. Enseguida oye el chiflido: zzzz. Clic, enciende la luz de la mesita. Abre los ojos y alerta a todos sus sentidos para ubicar al atacante. El ruido cesa. No lo ve. Bien, ya caerás, estúpido, murmura confiado. Clic, apaga la luz. Zzzz. Clic. Nada. Clic. Zzzz. Clic. Nada. Clic. Zzzz. La secuencia se repite hasta que Juan empieza a tardarse cada vez más en reaccionar al runrún del aleteo. En una de esas, identifica al picador cerca, se levanta e intenta aplastarlo con las manos. Falla. Un matamoscas sería ideal, pero no tiene. Su raqueta de tenis está cerca. La toma con fuerza. Ya conocerá ese enano mi saque as. Clic. Zzzz. Clic. ¡Zas, zis, zaaas! El pequeño díptero esquiva el saque, el revés y la derecha. –¿Qué pasa, amor?– pregunta Ana, despierta ya. –¡Hay un mosquito!– grita Juan. En eso ve al impertinente y lanza otra derecha espectacular. La lámpara del buró vuela por los aires. El cuarto queda a obscuras. –Métete a la cama y tápate– aconseja Ana. Cansado, Juan accede. Se cubre totalmente. Zzzz. Sabe que el diablito revolotea afuera, pero no podrá atravesar la colcha. Sonríe. Veinte minutos pasan y Juan se asfixia. Quisiera ser Pinocho para sacar la nariz por un agujero. Suda copiosamente. No aguanta más. Se levanta y enciende el foco de la habitación. Así creerá que es de día y no atacará, dice convencido. Zzzz. Coge la raqueta. ¡Zas! El bicho queda malherido. –¡Ja!, ya valiste– vocifera mientras levanta el inconsciente cuerpo volador. –¡Bravo!– secunda Ana. Juan queda desolado: –¡No! ¡Es un macho! Ellos no beben sangre, la vampiresa aún vive. Este inocente perseguía el zumbido de la hembra para cortejarla. Vayamos a la sala y cerremos el cuarto. El mosquito (hembra) sigue el rastro de CO2 que despiden los humanos al respirar, zzzz.

      La mañana siguiente la pareja desayuna... trasnochada y picoteada. –¿Sobre qué será tu conferencia, Juan? –Sobre los mosquitos. ¿Sabías que existen 3 mil 500 especies? ¿Que el género Aedes transmite zika, chikunguña, dengue y fiebre amarilla? ¿Que el Anopheles contagia paludismo? ¿Que sólo pican las hembras para hacer madurar sus huevos y los machos beben néctar? –Ah, ¿y para qué sirven?– inquiere Ana ojerosa y somnolienta.

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