El arte y la ciencia
¿Qué es el arte? ¿Qué es la ciencia? ¿Interaccionan? Al contestar las preguntas, debemos tener claro, inicialmente, cómo se define y qué elementos encierra cada concepto.
Ambos quehaceres se pierden en el origen del hombre, de lo cual nace el enigma obvio si son acciones humanas exclusivas, esenciales, si en ellas reside el arcano verdadero del linaje de la criatura bípeda, o si tan sólo son bautizos arbitrarios para fenómenos naturales, cuya posesión clama dicha especie. ¿Qué es el arte? ¿Qué es la ciencia? ¿Interaccionan? Al contestar las preguntas, debemos tener claro, inicialmente, cómo se define y qué elementos encierra cada concepto. En el diccionario de la lengua nuestra, la acepción primera afirma que el arte es la capacidad para hacer algo. Por lo tanto, hacer, es hacer arte. La segunda dice que es una manifestación de la actividad humana por la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. Acá, por decreto, se excluye lo inhumano. Alguien que hace arte debería ser un artista, pero el mismo tumbaburros revela que sólo quienes cultivan las bellas artes lo son, circunscribe el oficio al segundo significado y lista aquéllas consideradas bellas. El arte bello, desde su especificación, es elitista en especie y en gremio. Ni la abeja creadora de mieles exquisitas, ni Andrés Iniesta forjador de jugadas perfectas serán jamás artistas. La definición de ciencia aclara que es el conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente. Acá no hay discriminación, cualquiera que obtenga conocimiento será un científico, incluidos la abeja (mielera) e Iniesta (futbolista). Sin duda, las posiciones contrastan.
Lo anterior nos aclara quién puede recibir los adjetivos artista y científico, y las razones de ello. Curiosamente, existe la idea generalizada de que arte y ciencia son ocupaciones contrapuestas o irreconciliables. Quizá porque en el primero la subjetividad está permitida. Las emociones, los puntos de vista, los sesgos ideológicos, las preferencias son estanques de los cuales puede y debe abrevar el artista, de lo contrario, es posible que el arte bello que elabore carezca de la empatía, o antipatía —a veces también deseada—, de los espectadores. En la ciencia, el yo debe suprimirse del experimento o del razonamiento, las pasiones, los gustos, las tendencias no valen y están penadas. El arte es expresión, es fuego; la ciencia es conocimiento, es hielo.
Por ejemplo, ¿qué hacemos con el amor? El artista hilará sinónimos, contorsionará el cuerpo, buscará las imágenes, los trazos, las palabras consonadas, los sonidos, las formas marmóreas, el canto, o una confluencia de todo lo anterior para que lo experimentemos. Nos transmitirá la realidad, sin que la entendamos. El científico investigará teórica y empíricamente de dónde proviene el sentimiento, cuándo nos invade, qué factores sociales lo desencadenan, cuáles substancias químicas están involucradas. Nos explicará la realidad, sin que la sintamos. Tal vez la sublimación vital anhelada por la humanidad acontezca al fundir ambas vertientes, conmoción e iluminación, en una bella oleada termodinámica.
