El lado oscuro de la materia

Pregonamos a diestra y siniestra una confianza ciega en los ojos... sin embargo, vemos mal y creemos en espíritus.

Como criatura visual que somos, nos aterran las tinieblas. Mal equipados estamos para movernos por el negro de la noche. Nuestros sentidos de tercera son, al compararlos con aquellos de felinos, cánidos, reptiles, aves. Cuando la tea ancestral, la poco eficiente bombilla antigua, el retorcido y ahorrador foco de “cochinito” o el diodo luminoso moderno se extinguen, la negrura viscosa se nos embarra por la piel, sobándonos con un vaivén inquietante. En ese ambiente se desenvuelven los diablos, los vampiros, los hombres lobo; sorpresivos, sutiles, pérfidos. Pregonamos a diestra y siniestra una confianza ciega en los ojos: “Hasta no ver, no creer”; sin embargo, vemos mal y creemos en espíritus. Contradictorios somos.

Si la luz se pierde, la oscuridad oculta todo y desde el abismo nos susurra. ¡Cuántos no han sucumbido al llamado perdiéndose eternamente! Pero hay unos, unos irreductibles que regresan soplando polvos al lustre azabache, trayendo blancura al intelecto. Entre quienes navegan por estos mares apenas iluminados están los astrónomos. Los fantasmas y demonios que enfrentan son de dimensiones colosales, entre ellos, se encuentra la materia oscura. Nadie la ha visto, ningún aparato la detecta directamente, pero está allí, muchos científicos aseguran. Tal cual un cazador rastrea una fiera por sus huellas, los restos de animales que devora y el excremento que emite, así la han descubierto. Su paso a la gravedad lo delata.

Haga un experimento de alcoba, siento decirle que no será muy voluptuoso. Coloque varias pelotas o canicas sobre su cama y luego dígale a alguien que se siente encima de ella. Notará que la presencia de las nalgas perturbará la inercia de los cuerpos esféricos, que tenderán a ser atraídos por la masa curvilínea asentada. Si repite el experimento con personas de diferente tamaño, comprobará la relación directamente proporcional entre la deformación del colchón, el tamaño del nalgatorio y el número de bolas afectadas.

Por eso, durante la noche, con la luz apagada, usted puede reconocer a su pareja cotidiana cuando él o ella se meten entre las sábanas. Dos cosas serían inquietantes. La primera pasaría si sintiera una menor o mayor deformación de la habitual. Podría estar compartiendo arrumacos con un duendecillo libidinoso o con un monstruo asfixiante. Bueno, en épocas navideñas, el conocido efecto “Gordolupe Reyes”, donde la masa aumenta conforme el año termina, explicaría la ganancia de peso. Ante la incertidumbre, usted encendería la luz para saber quién es ese jicotillo. La segunda alarma acontecería justo en el momento de alumbrar la habitación y percatarse que no ve a nadie sentado, pero la colcha sí está hundida y las bolas se han movido hacia ese cuenco —al estilo de película de terror japonesa. Espeluznante, ¿verdad? Una situación análoga es la que detectan en el universo los astrofísicos, y a este espectro inexplicable e inasible lo han bautizado como materia oscura. Según cálculos, ocupa 22 por ciento del total de materia y energía del cosmos. Escasa no es. Del mismo lado sombrío existe la energía oscura. No obstante, persona ninguna conoce la fuerza oscura aún.

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