Atlas de islas remotas

Hay lugares imposibles, tan remotos que sólo podemos sobrevolarlos con los sueños.

Hay dos tipos de viajeros. Los que usan brújula, botas, sombrero, mochila, cuyos estómagos están curtidos por la escasez y el abigarramiento. Los otros frecuentan bibliotecas, navegan en internet, emplean bolígrafos, papeles, fotografías y la imaginación para transportarse. Cierto es que ambas pasiones se cruzan creando una gama amplia de excursionistas híbridos. Hay lugares imposibles, tan remotos que sólo podemos sobrevolarlos con los sueños. Aquellos astrónomos que buscan planetas similares al nuestro, han encontrado varios donde la vida terrestre podría asentarse. Uno muy parecido es Kepler-452b, pero se ubica a mil cuatrocientos años luz de distancia de la Tierra, ejemplo tan devastador nos obliga a guardar las botas, la mochila y utilizar pantuflas, telescopio e ilusión. Incluso visitar la luna acuosa de Júpiter, Ganimedes, hoy es impensable.

Sin embargo, no hay que ir al cosmos para sentir esta frustración. Existen infinidad de puntos aquí en la Tierra que no visitaremos jamás. Los más misteriosos son las islas. En ellas las cosas se transforman o se conservan de maneras insospechadas. Ni siquiera Einstein descubrió que afectan el tiempo tal cual lo hace la gravedad con la luz. Las islas comen momentos, y entre más devoran, se alejan como estrellas fugaces en el abismo.

“El paraíso es una isla, el infierno también”, así comienza el prefacio del libro Atlas de islas remotas (Atlas der abgelegenen inseln) de Judith Schalansky. En él nos platica sobre cincuenta islas en las que nunca estuvo y a las que nunca irá. El término remoto es relativo, la Isla de Pascua, aquélla donde despuntan las cabezas de centinelas gigantescos, está lejísimos de Europa, pero los Rapa Nui, sus habitantes, la llaman Te Pit (ombligo del orbe). Hablando de hoyitos en la panza, los aztecas siderales, llamaron a su capital isleña, afirman unos, ombligo de la luna (México). Como dice Schalansky, cualquier sitio puede ser el ombligo del mundo dada la condición esférica de nuestra casa.

Medio centenar de historias enfrascadas ocupan el volumen. Un extracto de éstas, a modo de cata, es el siguiente. La Isla de la Decepción, hoy llamada Napuka, se encuentra a la mitad del Pacífico Sur. Allí llegó la expedición Magallanes-Elcano, ignorante del océano inconmensurable, con ratas y cueros en la panza, para constatar trágicamente la definición absoluta de isla desierta, nada hallaron para sosegar sed y hambre. En Pitcairn, que también flota en el Pacífico sureño, fue donde acabaron sus días masacrándose los amotinados del Bounty y sus mujeres raptadas en Tahití. Fangataufa, en la Polinesia Francesa, tuvo la maldición de ser el crisol natural que usaron los galos para probar sus primeras bombas atómicas de dos fases. Se dice que en la Isla Más a Tierra, enfrente de costas chilenas, sobrevivió Alexander Selkirk, quien se transformó luego en el mítico Robinson Crusoe. Clipperton o La Isla de la Pasión, mira hacia Michoacán y está desierta, a pesar de su pequeñez (1.7 km²), ha sido objeto de disputas entre México, los E.U. y Francia. En las barrigas de sus innumerables cangrejos anaranjados reposan los restos de una historia atroz.

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