La sabiduría de las aves

La postura filosófica intermedia apuesta por la interacción de la experiencia y de la razón para libar el jugo del conocimiento

Nuestros sentidos escudriñan la realidad: palpamos, olemos, vemos, degustamos y oímos. Hay filósofos que afirman que es la última forma de conocer, porque la experiencia es primordial al sentir el entorno circundante. El bando opuesto alega que esas experiencias están deformadas por la imposibilidad del cuerpo para detectar correctamente la realidad, es decir, nuestros órganos no sólo están muy limitados para sondear las innumerables manifestaciones de la materia y de la energía, sino que, además, nos timan dándonos información falsa. Entonces, concluyen, la razón es la fuente única de conocimiento. Sin embargo, del mismo modo que la vista o el tacto pueden ser imprecisos y engañosos, la faceta como integramos sus datos se encuentra acotada por el cerebro. La malla neuronal está hilada bajo una aguja precisa, sesgando los pensamientos, constriñéndolos con las varillas autoorganizadas de un corsé. La postura filosófica intermedia, limitada igualmente, apuesta por la interacción de la experiencia y de la razón para libar el jugo del conocimiento.

He allí el meollo del por qué no entendemos a las demás criaturas. Sus experiencias y razonamientos se hacen a partir de premisas impensadas, de axiomas imposibles, de visiones fantásticas, de sentimientos diferentes. ¿Cómo sería nuestra experiencia del mundo si pudiésemos percibir el ultravioleta o el infrarrojo? ¿Qué dirían los filósofos y los científicos sobre el universo si desde pequeños hubiésemos contemplado la Tierra desde los aires? ¿Tendría otra connotación la palabra amor si copuláramos volando como hacen los vencejos?

La abundancia de perspectivas y de razonamientos vitamina la existencia. Érik Sablé nos proporciona un suplemento alimenticio delicioso para ingresar a cosmos distintos, su obra, La sabiduría de los pájaros (La sagesse des oiseaux), la descubrí en un amontonamiento de libros en la FIL de Guadalajara. Allí estaba, sola, pequeña, de apenas 87 páginas, amarilla y con tres garzas blancas dibujadas. Por alguna razón desconocida, resaltaba entre tomos más voluminosos y llamativos. Quizá su ligereza la suspendía del resto.

Después de leerla, mi conclusión inmediata fue que Sablé ha volado, tal vez no con alas, pero sí con la pluma. Su escritura deambula entre la poesía y la ciencia, siendo exquisita. A lo largo de cuarenta y nueve historias breves mamamos la cosmogonía ornitológica. Cuenta que el cernícalo tiene una vista ocho veces más poderosa que la humana y que su campo visual llega hasta 340° (el nuestro es de 180°). Búhos y lechuzas pueden ver en noches obscuras con cien veces menos luz que nosotros. “El pájaro es un ojo con alas”, asegura. Nos imparte una primera lección del lenguaje del cuervo: cuando presume hace un “klong” hueco, para avisar a sus compañeros produce un “arrk-arrk-arrk” impertinente. Critica a los biólogos miopes en su afán por explicar el canto como una adaptación surgida necesariamente por selección natural: que si sirve para atraer pareja, que si sirve para marcar territorio, que si sirve para avisar del peligro. El ave puede cantar porque sí, porque le place, porque la hace feliz… ¿o por qué cantamos nosotros?

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