Con la segunda palabra (bonito) pasaba lo mismo: se leía aisladamente y luego se ofrecían las cuatro alternativas (día, cielo, trabajo, asiento). La única diferencia era la intensidad de la descarga, ya que cada vez que el aprendiz se equivocaba, el electrochoque aumentaba 15 voltios. Por eso la máquina poseía 30 interruptores rotulados desde 15 hasta 450 voltios. Un elemento importante del proceso era que el aprendiz y el maestro estaban en cuartos separados. El maestro se valía de un micrófono para hacer las preguntas, en cambio, el aprendiz, que no disponía de tal aparato, contestaba apretando uno de cuatro botones que iluminaba un número, del uno al cuatro, que aparecía en un tablero puesto enfrente del escritorio del maestro. Si el aprendiz pensaba que la palabra correcta era la tercera, apretaría el botón correspondiente y se encendería el número tres. En distinta habitación, detrás de un espejo falso –al estilo de los interrogatorios en las series policiacas de la TV–, se encontraba Milgram con algunos colaboradores. Él presenciaba y registraba minuciosamente las reacciones de los maestros. Como el aprendiz estaba contratado por Milgram para representar ese papel, las respuestas que daba a las preguntas y a los estímulos eléctricos eran exactamente las mismas, de hecho, estaban grabadas. Accionar los primeros interruptores no tenía complicación alguna, pero al llegar al sexto (75 voltios), se oía quejarse al aprendiz con un leve ¡auch! El cual iba subiendo de volumen hasta que se alcanzaban 150 voltios, en ese momento el aprendiz protestaba: “¡Ayyy! ¡Ya basta! Les dije que tengo problemas cardiacos. ¡Sáquenme de aquí!”. Las quejas iban en aumento conforme al voltaje de las descargas, las últimas acontecían a 330 voltios, a la par de chillidos intensos y prolongados, se escuchaba: “¡Déjenme salir de aquí! Me duele el corazón, no tienen derecho a retenerme. ¡Déjenme salir!”. A partir de 345 voltios (vigésimo tercer interruptor), el silencio reinaba. Si en algún momento el maestro reaccionaba ante los gritos y dudaba en continuar el estudio, el investigador, alojado en el mismo cuarto, le recordaría que debía proseguir. Para cada interrupción, el investigador tenía una frase de convencimiento fija. La de la primera era: “Continúe, por favor”; la de la cuarta y última: “Usted no tiene opción, debe continuar”. Si un maestro interrumpía el cuestionario cinco veces, el experimento se detendría.
Esta investigación fue pionera en reunir datos experimentales sobre la obediencia humana a la autoridad contrapuesta con la moral del individuo. La idea generalizada entre los sicólogos era que nadie llegaría a propinar una descarga de 450 voltios. El mismo Milgram realizó previamente una prospección mediante encuestas a gente diversa y adulta. De acuerdo con esos sondeos, se estableció que la media aproximada del electrochoque máximo esperado sería apenas de 150 voltios (décimo interruptor). La obediencia al investigador quedaría en cero, ninguna persona continuaría electrocutando al aprendiz si éste empezaba a quejarse. Sólo un sádico alcanzaría a dar la última descarga. Usted, ¿hasta dónde cree que llegaría?
