El juego de la muerte (1)

Adolf Eichmann jamás negó los hechos, ni mostró remordimiento. “Yo sólo cumplía órdenes”, contestaba.

El escenario es casi el mismo en cualquier lado, en cualquier tiempo: una habitación despoblada, semivacía, con una silla endeble, una mesa y un asiento juntos, a veces del mismo estilo. Con suerte posee alguna ventana alta, con barrotes. Velas de mala calidad o lámparas parpadeantes, según la época. Allí es donde los interminables Pedros y Capitanes de todo el mundo interaccionan. Donde uno interroga y el otro soporta que los “muchachos eléctricos” lo revienten más y mejor cada día. Aplaudimos la actitud heroica de los Pedros y maldecimos la labor cobarde de los Capitanes y de los electrochicos. Si nos dejasen escoger entre ambos papeles, ¿la elección sería así de fácil? Tales situaciones inspiran otras preguntas: ¿por qué obedecen los torturadores sabiendo que infligen dolores infinitos?, sobre todo cuando muchos de ellos son padres amorosos y esposos ejemplares, que sólo desean llegar a casa para disfrutar una vida simple, tranquila y beber unas cervecitas domingueras con los amigos. ¿Cómo surgen estos Cochilocos implacables para torturar y matar durante el trabajo, mientras se esmeran en la educación y felicidad de sus Cochiloquitos? Concretamente, ¿qué tanto un individuo se somete a la autoridad?

Esa cuestión fue la que comenzó a estudiar el sicólogo estadunidense Stanley Milgram, en la Universidad de Yale, en 1961, apenas unos meses después de que Adolf Eichmann fuera sentenciado a muerte en Israel. El teniente coronel de las SS nazis fue secuestrado en Buenos Aires y llevado a Haifa, pisoteando la soberanía argentina, por el tenebroso Mossad. Su coolaboración en la logística para transportar judíos a los campos de concentración le valió el fallo en su contra. Eichmann jamás negó los hechos, ni mostró remordimiento. “Yo sólo cumplía órdenes”, contestaba. Allí estuvo el punto de partida de los trabajos de Milgram sobre la obediencia. Una recreación muy precisa de esa investigación, y de otras clásicas del mismo Stanley, se muestran en Experimenter (2015), película dirigida por Michael Almereyda, protagonizada por Peter Sarsgaard, como Milgram, y Winona Rider, reaparecida, en el papel de su esposa. Drama documental sobrio e inquietante.

El diseño del experimento fue sencillo. Requería de tres personas. Un investigador, vestido con una bata gris, quien explicaba las reglas a los dos participantes voluntarios e intentaba que la prueba finalizara correctamente. Un voluntario, el maestro, que se encargaba de leer una serie de palabras pareadas (chica azul, día bonito, cuello grueso, etc) al otro voluntario, el aprendiz, quien debía memorizarlas. En realidad, el aprendiz era parte del equipo de observación, pero eso no lo sabía el maestro. Luego del recital de todas las parejas, el maestro leía aisladamente la primera palabra (azul), seguida por cuatro opciones (chico, chica, pasto, murciélago), el aprendiz tenía que identificar cuál era la pareja correcta (chica). Si contestaba equivocadamente, el maestro accionaba un interruptor propinándole una descarga eléctrica de quince voltios. Si la respuesta era correcta, nada pasaba. En ambos casos, se proseguía con la segunda palabra.

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