Los unicornios (5)
Ojalá que en 500 años no quede como único vestigio de estas bestias formidables algún tratado incompleto.
Hemos conocido cuatro especies de unicornios, según el libro de Magnalucius, faltaría recorrer las tres faltantes; sin embargo, la casualidad le ha robado la página donde se describen esas casas últimas. Aun así, posible es que encuentres su signo en cualquier lugar: el periadham, una canica transparente.
Los unicornios se fueron, pero quisieron dejar su huella para que el olvido no los difumine. Entonces repartieron su magia entre dos ramales hermanos del árbol de la vida. Hace 55 millones de años (MA), en el Eoceno, vivían unos pequeños mamíferos herbívoros. Una rama evolutiva de estos animales aumentó de tamaño y se transformó en los caballos actuales. Ellos copiaron la apariencia general del unicornio, su prototipo, con tal ímpetu, que nada más les falta el cuerno para asegurar que son él. La otra bifurcación también creció, se hizo robusta, masiva y sus integrantes fabricaron el gran apéndice. Apenas hace 2 MA, las estepas siberianas sentían las pisadas de un animal mayor que un elefante, provisto de un magnífico cuerno de dos metros de longitud. Era el Elasmotherium sibiricum, un rinoceronte gigantesco y peludo. Superviviente de las glaciaciones, acompañó a otros melenudos enormes, los mamuts, a lo largo del hemisferio norte, hasta que se extinguió súbitamente hace diez mil años, muy probablemente por las mismas razones que su camarada trompudo: el hombre cazador. Se le conoce como el unicornio gigante, es factible que las leyendas y los mitos tradicionales asiáticos y europeos sobre unicornios simplemente sean deformaciones de los avistamientos reales de este herbívoro. Como su abuelo místico, el cuerno se conformaba de dos, mas en lugar de trenzarse y crear la espiral mágica, se adosaban produciendo un tronco excepcionalmente grueso y puntiagudo.
Hoy existen cinco especies de esta ramificación evolutiva: los rinocerontes. El rinoceronte blanco es el mayor. Posee una altura a la cruz de dos metros, pesa hasta tres y media toneladas, y su primer cuerno alcanza metro y medio de longitud. A diferencia de E. sibiricum, su pariente ancestral, mantiene separados sus dos cuernos, siendo el anterior más grande que el posterior. Bastante similar en tamaño y masa, aparece el rinoceronte indio: dos metros de altura y pesa cerca de tres toneladas. Estos individuos sólo ostentan un cuerno. Les sigue el rinoceronte negro, con una alzada de 1.5 m, un peso de dos toneladas y la presencia de dos cuernos al estilo del blanco. El cuarto, el rinoceronte de Java, mide 1.5 m de altura y pesa hasta tonelada y media. Tiene un cuerno. Por último, viene el rinoceronte de Sumatra, el menor de todos, con una altura de 1.3 m y apenas 800 kg de peso. A estos acorazados naturales, ya sean unicornios o bicornios, se les caza intensamente, extinguiéndolos, para quitarles el cuerno que, como en el caso del narval, no es tal, no es hueso, sino tejido córneo, un derivado de la piel, como son las uñas o el pelo, y si se corta, vuelve a crecer.
Ojalá que en 500 años no quede como único vestigio de estas bestias formidables algún tratado incompleto de un Magnalucius infeliz por morar dentro de una sociedad “nacida de un infinito vacío”.
