Los unicornios (3)
Magnalucius comenzó a ver a la bestia fantástica una noche cuando regresaba cansado de Florencia.
Enterados ya de algunas características morfológicas y conductuales de los unicornios, podemos pasar a conocer su clasificación. Recurriremos a la sistemática, ciencia biológica que se encarga de estudiar por qué y cómo se clasifican los seres vivos. El recuento se hará con base en la fecha del avistamiento más antiguo. Empezaremos por aquellos unicornios cuya última aparición documentada fue hace 500 años o más.
Para eso abrevaremos en un libro tan extraño como bello: De historia et veritate unicornis. El manuscrito original proviene del diario de Magnalucius, un monje nacido en un caserío, llamado Anchiano, cerca de Vinci, en 1457. Alma atrapada entre el filo evanescente de la Edad Media y el filo marmóreo del Renacimiento.
Más adelante, tal vez haya tiempo y espacio para reposar en el espíritu desencantado de tal hermano. Magnalucius comenzó a ver a la bestia fantástica una noche cuando regresaba cansado de Florencia. Su maestro, Eugnostos, lo urgió a escribir sobre la historia y la verdad del unicornio. Magnalucius consiguió tintas, papel, goma arábiga, tierra de color y plumas de hierro; el 12 de mayo empezó la obra.
De acuerdo con el sacerdote toscano, el unicornio posee muchas formas. Ordena a todos ellos en siete clases o casas. Afirma que todos provienen del mismo unicornio ancestral, así, el tratado evoca la evolución biológica de este animal. Sin embargo, no simpatiza con las ideas darwinianas sobre cómo se lleva a cabo la evolución de forma particular. Tanto Darwin, como la neosíntesis, la teoría evolutiva preponderante desde hace 50 años, aseguran que dicho proceso biológico se realiza de manera gradual, por ello, distinguir especies dentro de un continuo es arbitrario. Por otro lado, la disidencia replica que el modo de evolucionar es a saltos –como el paradigma de los unicornios–, que las explicaciones del inglés están basadas en escasos ejemplos y en una extrapolación irresponsable. Debate interesante para comentarlo en otra ocasión.
La primera casa es la de los avarim. Fueron muy comunes durante el final del Medioevo. Los hombres los conocieron bien, porque se ocupaban mucho de sus asuntos. Sirvieron particularmente a Occidente, encargándose de los quehaceres curativos. También gustaban de aproximarse a la gente cuando la vigilia rozaba la existencia, apenas allí, en el instante donde la mente cambiaba de onda, ellos se aparecían y la nutrían rememorando fugacidades alojadas en quién sabe qué células. Su cuerno es de los más pequeños, la crin es tupida y ensortijada, al igual que las barbas. Son tímidos.
En la segunda casa habitan los karkadam. Conocidos también como reëm. Amos de la soledad, transitan constantemente, nunca permanecen en un sitio por tiempos prolongados. Corren y caminan hábilmente, sobre todo por tierras desoladas. Se les reconoce por su mirada penetrante. Sus pupilas son de un negro tan profundo que ni siquiera tiene nombre o palabra, porque si te mira, sueñas, y en sueños los lexicones se quiebran. El iris es azul. Su tamaño es mayor que el de los avarim, al igual que el de sus cuernos. Poseen cabezas muy redondeadas. La crin es ondulada. Son esquivos.
