Azul Profundo (2)

Deep Blue II da una cachetada al genio humano y lo humilla en la segunda partida con el mismo número de movimientos.

Apenas un año y tres meses después de la contienda entre Gari Kaspárov y Deep Blue, el campeón clásico del mundo acepta otro enfrentamiento contra las inteligencias artificiales. En esta ocasión competirá frente a Deep Blue II. Esta hija putativa de Deep Blue posee una capacidad de cómputo cuatro veces superior a la de su madre. IBM está empecinada en batir al soberbio ajedrecista de una vez por todas. Nada se escatimó en la educación de la computadora. Los grandes maestros Joel Benjamin, quien se encargó de las asesorías sobre aperturas, y Miguel Illescas y John Fedorowicz, enfocados en las lecciones de apreciación posicional –un elemento complicadísimo de enseñar a las computadoras–, la pusieron a punto para ser invencible.

La propaganda de la compañía estadunidense es abrumadora. En cada esquina de Nueva York aparece un cartel con el rostro de Kaspárov, anunciando el duelo Hombre contra Máquina. El piso 35 del edificio Equitable Building, en Manhattan, alberga el campo de batalla de 64 escaques. A 25 dólares el boleto –el ajedrez no es un juego de masas–, 500 personas observan el combate. Gari gana la primera partida en 45 movimientos. Sonríe ufano. Todo apunta a que su sentencia prepotente: “La computadora no me vencerá hasta el próximo milenio, es estúpida”, es premonitoria.

Deep Blue II da una cachetada al genio humano y lo humilla en la segunda partida con el mismo número de movimientos. Gari enfurece y se encierra en su habitación del hotel, cuando se le comunica que Fritz 4.0, un programa de ajedrez menos poderoso, había encontrado una variante con la cual la confrontación hubiera acabado en empate.

La tercera, cuarta y quinta partidas acaban en tablas. Marcador: Kaspárov 2.5, Deep Blue II 2.5. La sexta es histórica. Luego del decimonoveno movimiento de la computadora, Kaspárov queda con la vista clavada en el tablero, su mano derecha sostiene su cara. Rápidamente da la mano al miembro del equipo de Deep Blue II y se levanta colérico. Las banderas de Rusia, a la izquierda, y de Estados Unidos, a la derecha, quedan abandonadas adornando la mesa. La Gran Manzana ha visto perder al campeón ante una maraña de alambres y circuitos.

Kaspárov saca lo peor de su humanidad –¿o sería mejor decir que la muestra?– y arremete contra el personal de IBM. Los acusa de haber hecho trampa, de reprogramar los circuitos entre partidas, incluso afirma que ciertos movimientos no fueron realizados por el artefacto, sino por humanos. Sus defensores justifican la derrota diciendo que el jugador tuvo demasiada presión por la propaganda, que estaba cansado y por la cuestión del tiempo.

Para avergonzar más a su especie, Gari declara: “Si hubiéramos jugado una auténtica partida, aseguro que hubiera dado cuenta del aparato”. Deep Blue II calla, no se enfanga en la discusión.

Infinidad de jugadores de ajedrez menosprecian el triunfo de la máquina, diciendo que sólo memoriza combinaciones, que no piensa. Aseguran que el artificio no conoce qué es el ajedrez y ni siquiera sabe que está jugando. Si extrapolamos los 64 cuadrados a la vida, ¿de qué importa saber que estamos vivos si perdemos el desafío contra el robot?

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