Adiós, Cecil

Hueles otro animal. Es El Sanguinario, La Plaga, el más odiado por todos los seres vivos de este planeta...

Arriba la noche y con ella la frescura. Decides caminar un poco, recorrer tu territorio como lo hicieron tu padre, tu abuelo y tus antepasados durante los últimos tres millones de años.   Debes cuidar tu harem y tus pequeños. Ya si el hambre es insomne, buscarás algún rastro de comida. La brisa nocturna, esa que no olvida en sus aires el calor quemante del mediodía, trae consigo aromas disparadores de tu atención.

Olfateas, ubicas la dirección y caminas hacia donde tus sentidos te indican. Divisas una presa, sabes que está herida por el olor a sangre fresca, sin duda sufre y será poco probable que pueda escapar a tus colmillos. La sigues. Aumenta sospechosamente el paso para siempre estar ligeramente delante. El runrún del abejorro metálico se intensifica. Aceleras. La persigues. Continúa a la misma distancia. Algo raro pasa. Se detiene. Tú también.

Hueles otro animal. Es El Sanguinario, La Plaga, el más odiado por todos los seres vivos de este planeta, el que no mata para comer, ni para defenderse, ni para proteger a sus crías; ¿¡quién es este engendro de la naturaleza!? Un puyazo de metal se clava en tu cuerpo rompiendo las carnes. Has sido engañado. Huyes velozmente. A lo lejos se escucha el ruido sordo del zumbido acosador.

Pasa la noche, continúas caminando, como si existiera un lugar que te salvase de la muerte, como si existiera un alguien que te defendiese de la guadaña. Estás solo. Como has estado desde que naciste. El Dorado te mira. Te susurra que ya no lo volverás a ver. Se despide de ti para siempre. Tus ojos le corresponden. Ahora te cubre la negrura. El manto donde se ocultan los espíritus ancestrales, pero en el cual viven también subrepticiamente los demonios. Tus 250 kilogramos de peso cobran sus intereses, se inflan, como si fueran deudas tercermundistas. Sientes que cargas 300 kilogramos, 500 kilogramos, una tonelada. La devaluación biológica de tu cuerpo va en picada. Llevas 24 horas escapando del Mal. Con cada paso dado has ido derramando tu esencia, has teñido el suelo africano con un camino punteado de rojo, un rojo que se transforma en granate.

África conoce el tono, sabe lo que acontece. Percibe el efluvio de muerte; sin embargo, conoce hazañas donde La Flaca perdió y regresó con sus manos huesudas vacías. Leones, cebras, jirafas, ñues, elefantes, rinocerontes, onzas, micos; adultos y pequeños, a veces han logrado burlarla. Pero esa no será tu historia. Nada importa que seas el emblema del Parque Nacional de Hwange, el más grande de Zimbabue. Tampoco que traigas un collar con un aparato geolocalizador (GPS), puesto en ti por miembros de la universidad británica de Oxford, como apoyo para un estudio sobre la longevidad de los leones. No, nada te salvará de un imbécil con dinero.

La sombra de medio mundo envejece a la par que tu impulso vital. Has dado 13 vueltas al sol. Son muchos giros para un león, normalmente alcanzan unos ocho. Tropiezas. Tus dos metros y medio de magnificencia caen al fin. Tu fuerza y aliento se disuelven. Oyes acercarse al abejorro diabólico. Luego a varios hombres. Un tiro cobarde te quita el alma. Un cuchillo asesino te degüella, decapita y desuella.

Temas: