Chinos mata perros
La matanza ocurrió anteayer. Alrededor de 10 mil canes fueron masacrados de maneras dantescas: desollados vivos o aporreados hasta morir.
China es un país remoto en la geografía y en la cultura. Los ojos occidentales siempre encuentran situaciones anómalas dentro de esa nación. Este desconocimiento se debe, en parte, a que los chinos se encerraron durante un largo periodo dentro de su territorio. Cerca del siglo V a. C., Qin Shi Huang, primer emperador de la China unificada, comenzó la labor tipo hormiga de construir una muralla que cercara al reino para protegerlo de las invasiones mongolas primariamente. Desde entonces, el coloso asiático se enquistó en su burbuja hogareña. Ni la guerra lo alcanzó a despertar, permaneció cual ostra encerrada, como termitero clausurado a las órdenes de su termita reina, Mao Tse Tung. Lo que las balas no pudieron, el dinero sí.
Hoy China se destaca por su mano de obra barata y por tener un crecimiento económico impresionante. Se ha convertido en una zona de maquila e industria de escala inconmensurable. A diferencia de lo vaticinado por muchos augures, la amenaza china no es militar, sino ambiental. En varias ciudades se presentan niveles de contaminación hasta diez veces el límite máximo recomendado por la OMS. Pantallas gigantes con videos de puestas esplendorosas adornan las mañanas de Pekín, porque la polución impide admirar al Sol. Algo difícil de ver incluso en películas apocalípticas, como Blade runner o Mad Max.
Hace días recibí una petición de Change.org para firmar una carta donde se exigía la suspensión del Festival de Comida de Carne de Perro de Yulin. La matanza ocurrió anteayer. Alrededor de 10 mil canes fueron masacrados de maneras dantescas: desollados vivos o aporreados hasta morir. Sus defensores alegan que no encuentran diferencia entre comer cerdo o perro. En esencia, el comentario puede tener cierto peso.
Es verdad, necesitamos comer carne, pero bien podríamos matar a nuestras víctimas de modos piadosos. Como debería de ocurrir en los rastros de los demás animales con los que nos alimentamos. Hace más de 12 mil años que el hombre y el lobo (antepasado del perro) comenzaron una relación de beneficio mutuo; los biólogos le dicen simbiosis, los lenguajes, amistad. Si una interacción de este tipo, aun mucho más vieja que la tan cacareada cultura china, vale nada, demuestra perfectamente el sentir de estas criaturas llamadas humanos.
El asunto perruno de Yulin es una bobería, peccata minuta, comparado al osuno. Resulta que los chinos creen que la bilis del oso tibetano –¿limpieza étnica?– produce efectos beneficiosos en el organismo, como limpiar “el calor”, mejorar la visión y hasta servir de afrodisiaco. Un disparate, una estupidez. Para obtener dicha sustancia se mantiene a un oso, que pesa cerca de 100 kilogramos, dentro de una jaula de metro y medio por dos metros. Se le clava un tubo en el abdomen por el cual emana el líquido constantemente. Esto dura toda su vida. Los efectos físicos y sicológicos son devastadores. Se han registrado casos donde los osos han intentado suicidarse. ¿Qué dirán los defensores ahora?
Los pueblos supersticiosos y salvajes, manipulados por la religión o por preceptos filosóficos intransigentes, nunca podrán ser ejemplo de algo.
