La democracia pirata
En el mundo actual, el filibustero ha cambiado barco por vagón de Metro y cañones por discos digitales.
Democracia: es una superstición muy difundida.
Un abuso de la estadística.
J.L. Borges
Democracia es una palabra desgastada. Se presenta como un símbolo de civilización y sinónimo de libertad; sin embargo, ni en aquella vieja Grecia el pueblo gobernaba. El voto y las decisiones sólo correspondían a unos hombres elegidos. Con los años ha evolucionado hasta llegar a que, en general, hoy puede votar a cualquier persona. ¿Qué ha hecho a este sistema de gobierno tan común? Su éxito se relaciona con la guerra de estrategias para gobernar (como el caso de Uta stansburiana visto la semana pasada). A pesar de que se oyen voces de personajes variopintos en su contra: Saramago, Oscar Wilde, Bukowski, Bob Marley, Lenin; decirse democrático se ve bien.
Los piratas nos hacen pensar en una siniestra bandera negra, en barcos, en tesoros, en abordajes y hasta en pericos. Son pandillas de depredadores acuáticos, trepados en cáscaras de madera con olor a ron. Esa imagen es de aquéllos de los siglos XVI al XVIII, cuando el mundo pertenecía a España y Portugal. Muy lejos del actual, donde el filibustero ha cambiado barco por vagón de Metro y cañones por discos digitales. Inglaterra, como otros países europeos que envidiaban tesoros y territorios, contrató a toda serie de maleantes marinos para atacar cuanto barco español cruzara el mar, era la famosa patente de corso. Los corsarios –eufemismo para pirata– produjeron ganancias para Albión, quien sin reparo de las buenas costumbres, convirtió en nobles a algunos de los rufianes. Cuando se volvieron innecesarios, los eliminó.
Frecuentemente se nos presenta al capitán pirata como un señor de horca y cuchillo, en realidad no es más que otro mito. Claro, cuando es el malo de la película, de lo contrario es un hombre apuesto, liberador de guapas damiselas.
Los barcos piratas tenían una organización envidiable. La tripulación acordaba el propósito del viaje antes de levar anclas. Se nombraba al capitán democráticamente, es decir, se elegía mediante votación directa y por mayoría a quien sería el jefe. Se sopesaban sus antecedentes para escogerlo, como audacia, pericia y valor. Durante el viaje, bastaba la menor equivocación al seguir la ruta para que fuera depuesto y acabara ocupando un oficio bajísimo –karma marinero. Si el barco lo permitía, podía tener una cabina, de lo contrario, dormía sobre cubierta como cualquiera. Su ración de agua y alimentos era idéntica a la de todos. A la hora del combate era donde el puesto cobraba relevancia. Él ordenaba cómo y cuándo atacar, si se debía de cañonear, perseguir o abordar. También si era mejor darse a la fuga. Durante ese momento era la única autoridad y no tenía contrapesos. Finalizado el ataque, tomaba su parte y esperaba el veredicto de los compañeros, quienes le dirían si continuaría en el puesto o no. Como contrapeso a la autoridad del capitán, se nombraba, también por votación, al contramaestre, quien ejercía labores administrativas y punitivas. Entre sus funciones estaba el abastecimiento de comida, agua y armas. Por todo ello, los motines en estos barcos fueron rarísimos.
¡Quiero una democracia pirata!
