El azar de los azahares
Las raíces etimólogicas del azar lo vinculan con la suerte y las flores. Si se medita, se encuentran ligas entre ambos campos.
Azar significa ignorancia. Es esa combinación de circunstancias imprevisibles e inevitables. Esa fuerza que actúa irremediablemente sobre todo, que encadena los sucesos inexorablemente. Es el destino forjado de antemano, pero desconocido. Desde siempre el hombre ha buscado coincidencias, repeticiones, secuencias, pautas, para adivinar el porvenir. Los helenos inventaron los oráculos. Otros charlatanes aseguran que leen el futuro en manos, en cartas, en tazas de café, en la posición de los astros, en el vuelo de las aves, en escrituras antiguas. Y aunque los resultados nunca superan los límites de la probabilidad, la esperanza por conocer siquiera un atisbo del mañana se levanta una y otra vez cual zombi fílmico. Lejos de estas explicaciones sobrenaturales, la ciencia se erige como el único faro capaz de alumbrar al hombre ignorante en el marasmo de la inmensidad apagada.
El azar, ese demiurgo omnisciente y veleidoso, se apiada de la necedad humana y nos regala una historia mágica detrás de su nombre. Según el Diccionario de la Real Academia, la palabra azar proviene del árabe hispánico azzahr, y éste del árabe zahr «dado»; literalmente «flores». Un dado es una pieza cúbica de marfil u otro material, en cuyas caras se encuentran marcados puntos, desde uno hasta seis, y que sirve para los juegos de fortuna o azar. La liga entre el azar y un dado es evidente. Al tirarlo, el resultado no se puede prever ni evitar. La suerte está echada. Sin embargo, es curiosa e intrigante la relación mencionada con las flores. Si se medita un poco, es posible encontrar una liga, gráfica al menos, entre azar y la flor blanca del naranjo, del limonero y del cidro, o azahar. Quizá sean cognados, palabras cuyo origen es el mismo. La búsqueda lo comprueba. Azahar proviene del árabe hispánico azzahár, y éste del árabe clásico zahr, flores. En última instancia, el azar son flores. ¿Cuál es la conexión entre el destino y la parte vegetal? ¿Es una manera de recordarnos la muerte inevitable con las flores del panteón?
De orígenes inciertos, en Grecia y Roma existía una forma de adivinación que se valía de un hueso del tarso de ciertos animales, como corderos y ovejas. Los humanos también lo tenemos, es aquella parte del pie donde encajan los huesos de la pierna. Se arrojaban a modo de dados y se procedía a interpretar el devenir según sus posiciones. Este hueso se llama astrágalo, y el arte, astragalomancia. Algunas mujeres y niños empezaron a jugar con los huesecillos, y más tarde, los hombres también le entraron al divertimento, pero apostando. El juego, llamado hoy tabas, se conserva todavía en regiones muy remotas en España y Francia. Fue traído a América por los españoles. En Argentina, Bolivia, Brasil y Uruguay se le conoce bien en zonas rurales, aunque se usan huesos de vaca. Incluso se fabrican tabas de plástico y de otros materiales, y se juega hasta en Mongolia.
El astrágalo puede caer en cuatro posiciones diferentes. Para identificar la cara suertuda, los árabes decidieron ponerle una señal. Le pintaron una florecita. ¿Por qué colocaron el brote colorido y perfumado?, azahar de los azares.
