El alma y el viento

La malla neuronal aloja nuestros anhelos, gustos, perversiones, memorias o miedos

Un influjo desconocido vivificó agregados de sustancias químicas hace 3500 millones de años aquí en la Tierra. Los dotó de una voluntad aparente para duplicarse una y otra vez, sin parar, tictac mudo de un reloj más grande que todo. Queriendo imitar el impulso vital, nosotros deseamos y creemos en la estatua perfecta, en el androide humanitario, en el niño pródigo, pero ni mármol, ni metal, ni madera, cobran magia nunca. Ni siquiera un atisbo. Tal parece que el asphyx goloso de los artificios espera agazapado el momento de la chispa para robarles, con rapidez misteriosa, el espíritu. La congoja se equilibra, porque tampoco el éter comunica conocimientos profundos, y menos, juventud eterna a cambio de nuestro motor fantasmal por medio de un contrato firmado con sangre.

Por aquí hay seres que brincan, vuelan, nadan y vigilan. Por allá, convierten gases y agua en ladrillos biológicos con los cuales crecen y crecen. Existen casi dos millones de especies en la lista de asistencia del taxónomo. Se piensa que al menos ocho millones no se han inscrito todavía. Algunas cuentan con billones de integrantes. La naturaleza no oculta sus creaciones. Nos deja estudiarlas abiertamente. Disecamos todo lo que nos cae en las manos, desde bacterias hasta humanos. Y en el camino aprendemos, pero el arcano de Galatea, de Byerley y de Pinocho no aparece. Esa ánima que da vivacidad a todo lo que toca se esconde. Las religiones la consideran inmortal, y para muchas de ellas es un relleno ingrávido que va de aquí para allá rebotando en el circo de la metempsicosis. Algún día, aseguran, nos reuniremos otra vez con aquellas que conocimos cuando disponíamos de un envase físico.

Cuando se piensa así, se desvía la mirada del sitio adecuado. Y si bien, tomar como cierto que el alma es una sustancia divina, tal cual Espinoza afirmó, nos sumerge en la necedad; la postura contraria de Nietzsche, quien aseguró que era invención de la gente, tampoco aclara la vitalidad enigmática de la biosfera. La respuesta debe buscarse en la intimidad de cada una de las máquinas naturales más allá de nimias ideas filosóficas o religiosas.

Las neuronas se encargan de emitir un potencial de acción –también liberan una dosis de transmisores–, en palabras llanas, un chispazo. Igual que el del motor de arranque de un automóvil. Fueron descubiertas por el español Santiago Ramón y Cajal, lo que le valió ganar el Premio Nobel en 1906. Si cada una sólo emite chispas, es común pensar, bajo una lógica elemental y una postura reduccionista, que un conjunto de ellas producirá tantas descargas como neuronas tenga, lo cual es cierto; sin embargo, a veces sucede otra cosa.

Una neurona no piensa, dos tampoco, ni tres, pero cierta cantidad de ellas entrelazada de forma específica, sí lo hace. Parece algo místico, como si el dedo mágico de algún dios tocara la cabeza de cada uno de los humanos al nacer. Esta propiedad se presenta inesperadamente y es imposible de explicarse si se piensa que los sistemas biológicos son simplemente la suma de sus partes.

Nuestros cerebros poseen 100 mil millones de neuronas conectadas de modo singular, al seguir ese diseño de sinapsis, se crea una propiedad emergente: la conciencia. La malla neuronal que albergamos en el cráneo es donde se alojan nuestros anhelos, gustos, perversiones, memorias, abstracciones y miedos. Se hila con otra matriz grande, compuesta por células de diversos tipos, la cual engendra una propiedad emergente previa: la vida. El alma sí existe, pero es ajena a las pociones esotéricas, es la manifestación de un sistema complejo, autoorganizado y caótico. Cuando morimos, sus complejidades se desvanecen cual dunas al viento.

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