La nave espacial Aquila reposa huérfana. Toca la superficie con su trípode metálico. Aunque nacida con un acabado brillante, aquí se camufla con la sordidez del gris, de la luz mortecina de un Sol reducido a la mitad. Su titanio y carbono se hermanan a 628,300,000 kilómetros de la Tierra. De lejos, el lienzo enmarca promontorios de poca altura y un mantel claro donde persisten los esqueletos de múltiples cometas imprudentes. La condición escarchada del satélite acaba rápidamente con cualquier cráter voluminoso, Ganimedes es terso en comparación con otros cuerpos celestes. Sobre una roca congelada aparece la silueta del comandante John Troy. Hoy, tres luceras perforan esta naturaleza muerta.
El astronauta tomó muestras y las envió a la NASA. Cuarenta minutos tardará en llegar el mensaje a Estados Unidos, luego tendrá que aguardar la contestación, que se comerá otra cuarentena de giros minuteros. Calcula grosso modo que dispone de hora y media para pasear por el satélite más grande de Júpiter. El áureo vidrio polarizado de su casco oculta la curvatura inmensa de su boca. Mediante unas pruebas rápidas de campo ha podido comprobar la presencia de vida.
Qué lejos ha quedado 2015. En ese año, a partir de las auroras admiradas con el telescopio Hubble, se corroboró la información obtenida con sondas espaciales, como la Galileo, sobre la existencia de un inmenso mar salado. Los mismos instrumentos señalaron que el agua yacía bajo una capa de hielo con un grosor de 150 kilómetros y que la profundidad de los océanos ganimédicos llegaba a 100 kilómetros (diez veces más hondos que los nuestros).
Galileo Galilei descubrió a Ganimedes en 1610 y lo bautizó como Júpiter III, porque era el tercero de los cuatro satélites, contando a partir del planeta, que se podían ver. Los nombres de todos ellos cambiaron. Ío (Júpiter I), Europa (Júpiter II) y Calisto (Júpiter IV) completan el cuarteto. Luego se descubrieron más de 60, pero con dimensiones muy menores. Su tamaño es superior al del planeta Mercurio, pero queda clasificado como satélite, porque no circunda al Sol. La posesión de un campo magnético lo hace único entre las lunas del Sistema Solar.
A mediados del siglo XXI, ante la hecatombe ambiental, los científicos urgieron a los gobiernos para que se explorara intensivamente la posibilidad de plantar vida en otro lugar, con la finalidad de hacerlo acogedor para algún uso humano. Quedaron atrás las precauciones que evitaban contaminar al cosmos con vida terrestre. Así sucedió con la nave Galileo, la cual se dirigió contra Júpiter para evaporarse una vez terminada su misión, en septiembre de 2003. Se lanzaron decenas de cohetes con cocteles de organismos hacia diversos astros, Ganimedes entre ellos. Un proyectil, valiéndose de su cola impulsora, penetró hasta el manto acuoso del satélite y allí liberó su carga: bacterias, virus, protozoarios, algas, incluso insectos acuáticos. Millones de criaturas pequeñas se inyectaron a una cápsula acuosa, oscura y fría, lejos de casa, con la tenue esperanza de sobrevivir.
Ahora, años después, Troy llegó para evaluar el éxito. Sus aparatos encontraron supervivientes terrestres. Posiblemente algo habrán cambiado; no obstante, Ganimedes otorga la posibilidad real de servir como campo fértil para sembrar criaturas comestibles y alimentar a una humanidad desahuciada. Es una inmensa copa de ambrosía y néctar. Mientras arriban noticias de la Tierra, John mata el tiempo observando fotografías de la cara interna de la superficie congelada. Lo que parecían rayas caprichosas, cobran forma, se convierten en glifos que aúllan cómo miles de seres acuáticos, de una especie inteligente, fueron masacrados por alienígenas diminutos venidos en una ominosa flecha interestelar.
