Mis tres papás (2)
La modificación genética augura la aparición de contratos de fecundación
El síndrome de MELAS es una de las enfermedades mitocondriales más frecuentes. Se caracteriza por vómitos, debilidad muscular, dolores fuertes de cabeza y deterioro cerebral. No existe cura, nada más se puede tratar a los pacientes con medicamentos que atenúen los síntomas. Los padecimientos relacionados con mitocondrias dañadas suelen ser multisistémicos, es decir, afectan a varios sistemas del cuerpo. Para entender bien lo que sucede en los cuerpos de estas personas, pensemos en lo que pasaría si el suministro de energía eléctrica de nuestra casa se redujera drásticamente. El refrigerador, en caso de funcionar, lo haría mal y a marchas forzadas, lo mismo acontecería con el microondas. Los focos apenas iluminarían, la señal inalámbrica alcanzaría apenas para conectar aparatos que estuvieran a pocos centímetros del módem. En fin, los sistemas de calentamiento, enfriamiento, comunicación, todos los que dependen de la electricidad, estarían en fase crítica y, finalmente, tronarían. Así ocurre en el cuerpo humano cuando las mitocondrias fallan. Hay órganos más afectados que otros dependiendo de sus necesidades energéticas. El hígado y el cerebro, son dos lugares de gran demanda. Por ejemplo, cada célula de nuestro hígado cuenta con dos mil mitocondrias.
De manera general, un individuo posee dos copias de su genoma, uno proviene de su padre y el otro de su madre. Esta información se guarda en el núcleo de la célula. Comúnmente, si un gen –siendo precisos, un alelo– fallara, el otro podría hacerse cargo de la situación. El inconveniente surge cuando ambos están mal o cuando uno está dañado y no hay respaldo. Lo segundo es el caso de las mitocondrias. Todas ellas las heredamos de nuestra madre. No hay copias paternas. Sabiendo lo anterior, ninguna mujer se embarazaría si conoce que sus mitocondrias son anómalas.
Aquí es donde la ciencia entra al rescate de estas damiselas. Dado que no hay cura y que no se pueden substituir las mitocondrias de un ser ya conformado, la alternativa es modificar la génesis. El truco consiste en usar las mitocondrias de una donadora sana (madre mitocondrial). Una de las dos variantes de la técnica toma un óvulo de la mujer donante y elimina su núcleo. Luego se le inyecta el núcleo extraído del óvulo de la madre enferma (madre nuclear) ya fecundado por el padre (padre nuclear). Finalmente, este cigoto se introduce al cuerpo femenino para que prosiga con el desarrollo normal.
Todo apunta a que el problema quedará resuelto –a eso le apuestan los británicos–; sin embargo, hay detalles que comentar desde varios ámbitos. Dentro de una célula normal, el ADN mitocondrial interacciona indirectamente con el ADN nuclear, se desconoce cómo va a funcionar esa relación cuando provengan de hembras diferentes. Si supuestamente sirve en micos, ¿lo hará en humanos?
El niño nacido así tendrá dos madres y un padre. ¿Todos ellos tendrán los mismos derechos sobre el hijo? Expertos opinan que el pequeño no debería de conocer a la donadora, porque 99.9% del ADN que heredó proviene de los padres nucleares. El imperio de la genética nos ha hecho creer que somos exclusivamente nuestros genes, como se ilustró en Parque Jurásico. Cierto es que la madre mitocondrial aporta únicamente 0.1% del genoma, y ni siquiera se encuentra en el núcleo, donde residen las características generales de las personas. Pero se olvida que no sólo está traspasando sus mitocondrias. Contribuye con el recipiente, las substancias primordiales y la configuración inicial para que se dé el Gran Pum de la vida y florezca un bebé. ¿De qué me sirve la receta de un pastel si carezco de cocinero, cocina e ingredientes? Preparémonos para los contratos de fecundación.
