Enigma (3)

¿Por qué los alemanes confiaron ciegamente en el artefacto?

Una Enigma con su trío de rotores y seis enchufes produce 10,586,916,764,424,000 permutaciones alfabéticas. La máquina luce invencible en plena Segunda Guerra Mundial. Aunque originalmente había sido utilizada años atrás para transmitir secretos empresariales, el modelo nazi es diferente y, además, es un veterano de guerra.

El III Reich tenía planeada la dominación de Europa, pero no lo haría solo. Hitler se encargó de apoyar a otros asesinos en España, en Italia, como Franco, como Mussolini, para formar una alianza invencible. Ejércitos germanos e italianos se entrenaron en la península ibérica, durante la Guerra Civil española, probando varias de sus armas.

El stuka, el bombardero en picada, es de las más famosas. Además del apoyo militar a las fuerzas del Generalísimo, la veintena de Enigmas recibidas fueron cruciales en las transmisiones franquistas. Sin embargo, ni siquiera éstas eran idénticas a la versión nazi. El alto mando alemán no quería correr el riesgo de que alguna cayera en manos de soviéticos vía españoles.

Enigma era indescifrable y se le cuidó celosamente, ¿dónde estuvo la falla para que fuera vencida? Ya vimos, en la primera parte de este análisis, la serie de eventos que favorecieron el rompimiento del código. Hans Thilo Schmidt vendió un manual con fotografías y algunos libros con códigos a los franceses. El trío de matemáticos polacos hizo una copia del aparato y desarrolló métodos para el descifrado. La Marina Británica capturó al submarino U-110, al sur de Islandia, el 9 de mayo de 1941, donde recuperó libros con códigos actualizados y una Enigma con rotores nuevos, ocho en total, convirtiéndola en más impenetrable que las originales (el artefacto sólo podía usar tres al mismo tiempo). El equipo de Turing, en Bletchley Park, usó todo lo anterior para entender los mensajes de Alemania.

El artilugio tenía una vulnerabilidad. Nunca mantenía una letra igual. La Kriegsmarine mandaba diariamente, a las seis de la mañana, informes del clima en un formato típico, el cual podía tener, se especulaba, las palabras wetterbericht (reporte climático), al principio, y ¡Heil Hitler!, al final. Suponiendo eso, se compaginaba el texto cifrado con las palabras en alemán, cuidando que ninguna fuera la misma en ambos escritos.

En caso de adivinar, esta maniobra acota enormemente el número de combinaciones posibles y, por ende, el tiempo para romper el mensaje. Al final de la conflagración, los ingleses llegaron a descodificar los mensajes en 20 minutos. La versión codificadora inglesa, la Typex, sorteaba esa falla.

No obstante, incluso con ese fallo de diseño, Enigma no hubiera perdido. El error grave fue humano. El orden de los rotores, la palabra clave y la configuración de enchufes debían cambiarse diariamente. La guerra no es cosa menor, si no mata, cansa, tensa y aburre. Los operadores no seguían la receta. Probaban las máquinas enviando textos repetidos, transmitían los nombres de las novias y no alteraban los elementos cambiantes. Y, por seguridad, repetían la palabra secreta. El zorro rojo británico devoraba todas esas ondas de radio. Ante las omisiones, el Reino Unido arrolló a Enigma. Según expertos, gracias a ello, la guerra se acortó un par de años.

El acertijo de Enigma fue desenmascarado. No así otros enigmas: ¿Por qué los alemanes confiaron ciegamente en el artefacto? Hicieron caso omiso de las memorias de Churchill, esas donde se advertía que todos sus mensajes secretos de la Primera Guerra Mundial habían sido entendidos. El bulldog del puro se las volvió a aplicar. ¿Por qué Hitler no aprendió del yerro napoleónico al atacar los dominios de Moscú?

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