Olvidar el NIP de la tarjeta bancaria es un deporte extremo. Igual pasa con las contraseñas electrónicas. La emoción todavía puede acentuarse si, cada vez que uno teclea mal el código, recibe un bombazo. Bajo esta tensión vivieron los británicos durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando la orgullosa Francia se rindió de manera cobarde a los nazis, la Gran Bretaña quedó sola. Cardúmenes de submarinos germanos hundían cuanto barco con suministros procedente de Estados Unidos se aproximaba a la isla. Que Hitler se abalanzara sobre el monstruo gélido soviético, dirigido por un canalla de la misma ralea, Stalin, aliviaba ligeramente el asedio; sin embargo, Albión sufría.
Bien lo sabía el grupo de científicos apostado en Bletchley Park, a 80 kilómetros al norte de Londres. Su misión era romper el código de Enigma, la máquina de codificación que usaba la milicia alemana. De eso trata la película The imitation game (2015), que, a mi modo de ver, resulta muy sosa por el afán de centrarse exageradamente en la vida de Alan Turing, el matemático inglés líder del grupo dispuesto por el Secret Intelligence Service (SIS) —conocido en Hollywood como MI6— para descifrar los mensajes del aparato.
La historia detrás de Enigma es rocambolesca. Veamos un extracto y la semana próxima entenderemos cómo trabajaba el mecanismo.
Pocos años después de finalizar la Primera Guerra Mundial, salieron algunas publicaciones donde se discutían las razones por las cuales los aliados habían ganado. En la inmensa obra The world crisis, de Winston Churchill, se menciona que una de las principales causas fue que los ingleses descifraban todos los mensajes del enemigo. Achtung! Sorprendidos, los alemanes decidieron comprar una máquina llamada Enigma, inventada por Arthur Sherbius. En aquellos tiempos, las empresas la utilizaban para resguardar su información. Era imposible descifrar un mensaje codificado con Enigma.
Hans Thilo-Scmidt, aristócrata venido a menos, había logrado que su hermano, un héroe de guerra, le consiguiera trabajo. Su labor consistía en destruir todos los códigos caducos de Enigma. Pero Hans quería más plata, ofreció al capitán Gustave Bertrand, miembro del espionaje francés, el manual de operación ilustrado de la máquina. Bertrand aceptó. El espía francés Rex sería el contacto.
Tanto franceses como ingleses demeritaron la información y se la pasaron al teniente Langer, jefe del Servicio Polaco de Cifrado. Polonia olía peligro, no era para menos, el Oeste apestaba a nazismo; el Este, a comunismo. Era vital interceptar y leer los mensajes alemanes para saber si se violaba el Tratado de Versalles.
En 1933, un grupo de criptólogos, entre los que se encontraban Marian Rejewski, Jerzy Rózycki y Henryk Zygalski, logró construir un duplicado de Enigma y descodificar los mensajes mediante procedimientos matemáticos. El 15 de diciembre de 1938, los nazis decidieron añadir dos rotores más para complicar más el funcionamiento. Polonia no pudo más, fue invadida y sojuzgada en 1939.
Toda la información obtenida por espionaje, junto con las copias de Enigma y los métodos matemáticos polacos, fueron entregados a los ingleses. Churchill, viejo lobo de mareas políticas, sabía la importancia de quebrar el código de Enigma. Dio la orden de establecer un cuartel dedicado exclusivamente a la tarea.
El equipo de Turing construyó máquinas (bombs) similares a las polacas (bombas) para automatizar el descifrado. No obstante, Enigma jamás hubiese sido vencida de no ser por una combinación de factores. Además de las bases polacas, la captura de un submarino fue fundamental. Antes de hundir al U-110, un grupo de marinos recuperó una Enigma con los rotores nuevos y libros de códigos actualizados.
