En la columna anterior revisamos el argumento de Hamer, que explica el origen de la espiritualidad. Según él, una persona cree en alguna deidad debido al buen funcionamiento del gen SLC18A2 y de la proteína que codifica, la VMAT2. Se resuelve el por qué de la fe, pero falta exponer la segunda parte de la hipótesis del científico: ¿por qué la inmensa mayoría de los humanos, a lo largo de la historia, han sido y son religiosos?
Que alguien crea en dioses se debe a una predisposición genética, pero, como sabemos, las poblaciones de la mayoría de los seres vivientes presentan variaciones, no todos los individuos son iguales. Eso no es noticia, al acudir al cine percibimos que los espectadores son diferentes en estatura, color y complexión.
De acuerdo con la teoría neosintética de la evolución, para evolucionar se requiere variación. La evolución biológica se lleva a cabo generación tras generación mediante la elección y manutención de los caracteres que producen mejores dividendos para el portador.
En una población de humanos asentada en ciudades como Pekín, donde el neblumo es excesivo, es beneficioso poseer un aparato que lubrique cada vez mejor los ojos. Entre los pequineses hay personas que lubrican más y otras menos. Al paso de las generaciones, los humanos que lubriquen mejor, se desempeñarán de forma superior y persistirán durante más tiempo. Como ellos están mejor adaptados, vivirán más y tendrán mayor número de hijos.
A la larga, gracias a esta forma de evolución biológica, la población pequinesa lubricará mejor sus ojos. Siempre y cuando no haya métodos para paliar el inconveniente, porque entonces la evolución natural estará detenida artificialmente. Ese mecanismo evolutivo, donde se preservan las características beneficiosas y se eliminan las perjudiciales, es la selección natural, descubierta por Carlos Darwin y Alfredo Wallace a mediados del siglo XIX, idea central de la neosíntesis, teoría biológica moderna que explica cómo evolucionan las criaturas.
Hamer se vale del razonamiento. El hombre se originó en el sur de África hace unos 150 mil años. Desde allí colonizó casi toda la tierra. Durante las migraciones, sus poblaciones fueron transformándose, cambiaron el color de la piel, la estatura, el tipo de color de pelo e infinidad de rasgos según el ambiente al que arribaban. Así se adaptaron a una diversidad enorme de climas.
En el periplo mantuvieron el “gen de Dios”, por lo cual, ser crédulo debe ser ventajoso siempre. Si la gente feliz tiene más hijos que la infeliz y además es más sana por ese misterioso placebo llamado fe, con el tiempo, la población de cualquier lugar de la Tierra contendrá más personas felices que infelices y, por lo tanto, más copias del “gen de Dios”.
Hasta allí llega Hamer. No explica varias circunstancias, como las causas que llevan a pasar del politeísmo al monoteísmo. ¿Acaso dará más aptitud implorar a un Dios? En principio sí, únicamente hay que aprenderse un nombre. Imagínese pedir a Miztli que llueva en lugar de a Tláloc, o encomendarse a Venus al ir a pelear, en vez de a Marte —bueno, tal vez sería mejor matar o morir a besos. El componente social tampoco lo toca. ¿Cómo es posible que los rebaños de humanos, criaturas inteligentes, obedezcan ciegamente a quienes afirman conocer los deseos de las divinidades?
Ratas y ratones también cuentan con el “gen de Dios”, será por eso que se multiplican increíblemente, y es posible que sean muy felices creyendo en un paraíso roedor rebosante de queso, desierto de hombres y de gatos; sin embargo, no hay papa rata, ni imán ratón, ni Buda dientón, ni chamán o rabino alguno que los enajene con textos sagrados ratoniles. Son animales inferiores.
