El gen de Dios (1)
A las víctimas del fanatismo religioso. A las de Charlie Hebdo. El biólogo estadunidense Dean Hamer ha encontrado a Dios. También a Alá, a Quetzalcóatl, a Kukulkán, a Tutatis. Y a las divas Ixchel, Hera e Isis. No lo hizo mediante la ...
A las víctimas del fanatismo religioso.
A las de Charlie Hebdo.
El biólogo estadunidense Dean Hamer ha encontrado a Dios. También a Alá, a Quetzalcóatl, a Kukulkán, a Tutatis. Y a las divas Ixchel, Hera e Isis. No lo hizo mediante la iluminación, sino con la ciencia.
Estamos acostumbrados a oír sobre genes que hacen algo —“genes de algo”. La ciencia reduccionista, paradigma dominante ahora, promulga que nosotros somos nuestros genes exclusivamente: el color de ojos, el del cabello, la estatura, hasta la inteligencia, están codificados en el ADN. Así como hay genes de las características normales y vitales, los hay de padecimientos, como la obesidad y la diabetes. Hoy en día, los del cáncer están de moda. Los médicos aseguran que si se posee cierto gen, existe una probabilidad asociada de padecer alguna enfermedad cancerosa. Angelina Jolie se extirpó ambos senos por un diagnóstico de este tipo para evitar un eventual cáncer de mama. Acto de miedo que la hace inadecuada para volver a representar a la temeraria Lara Croft.
La hipótesis del científico explica los dos componentes principales de la espiritualidad desde la óptica biológica. El primero, el genético, aclara de dónde surge la necesidad interna e irremediable que experimenta una persona para creer en dioses. El segundo, el evolutivo, propone el mecanismo por el cual dicha disposición se mantuvo, e incluso, se incrementó velozmente a lo largo de los milenios, dada la universalidad religiosa. Analicemos la de los genes en esta primera parte.
Hamer hila su dilucidación genética con la aguja del gen SLC18A2. Éste produce una proteína llamada VMAT2, cuya función es transportar ciertos neurotransmisores al cerebro, como son la dopamina, la serotonina y la epinefrina. Una actividad baja en el cerebro de esas sustancias causa depresión y ansiedad. Estas patologías provocan estados alterados de personalidad y, en suma, condiciones de tristeza, disfunción social e insatisfacción. En cambio, cuando estos elementos se encuentran en el cerebro en las concentraciones correctas, se alcanza la sensación de bienestar. La dicha está ligada al optimismo, y éste, a la trascendencia. Si uno es feliz, la idea de un mundo posterior a la muerte es plausible. Quienes piensan que una parte de ellos es inmortal son optimistas, más cuando en ese espacio —intangible e invisible— se guarda la totalidad de una esencia humana, una persona. Se sigue siendo uno mismo sin el corsé óseo, sin el saco de piel, es la emancipación del mundo material. Tarde o temprano, esa alma será conducida a un sitio de felicidad y calma eterna. ¿Acaso hay una forma mejor de ver la vida?
El razonamiento, en síntesis, es el siguiente. Si un individuo posee el gen SLC18A2, la proteína VMAT2 se sintetizará y suministrará al cerebro sustancias que crearán un estado de conciencia de bienestar. El cual se manifestará en un optimismo hacia la vida y en una predisposición para creer en la trascendencia humana, y originará la fe. Con fe y con optimismo será más fácil embarcarse en la aventura de tener una familia y criar una cantidad razonable de vástagos ávidos consumidores de recursos. Cosa complicada de acuerdo con una visión apocalíptica del universo.
Creer en dioses es el acto disparado por un gen del cromosoma 10. Dios existe y se puede deletrear usando 1,898 letras exactamente, con un alfabeto de cuatro símbolos: A, C, G y T. De acuerdo con la argumentación anterior, es posible que los ateos tengan alguna mutación en la secuencia imposibilitando a la VMAT2 acarrear aquellos neurotransmisores responsables de la sensación de beatitud.
El nombre de la deidad a la que se le ofrecen y deprecan votos sólo depende de un accidente geográfico, no de lo divino, no de la secuencia genética.
