El neblumo de Paz
Sorpresa grata fue hallar el término en el Diccionario de la Lengua Española
Fenece 2014. Apenas dos días de aliento mantiene. Con la misma seguridad del lugar común que mañana saldrá el Sol, durante estos días se hace el recuento de todo lo acontecido mientras dimos una vuelta más al astro que nos da vida. Según recuerdo, este año nada memorable trajo. Ojalá me equivoque. Ni siquiera los fanáticos futboleros recordarán algo lejanamente parecido al virtuosismo español admirado en Sudáfrica en 2010. En el ámbito cultural nacional, se decidió celebrar el centenario del natalicio de Octavio Paz. Mucha relación con la ciencia el poeta no tiene; sin embargo, como aseguró durante el debate famoso e inolvidable que sostuvo con Mario Vargas Llosa, donde el peruano tildó al PRI de “dictadura perfecta”, amaba la precisión intelectual. Ciencia y literatura deben ser escrupulosas con el mensaje que desean compartir. En eso coinciden. Para transmitir el conocimiento, el científico debe utilizar el lenguaje de forma inequívoca, sin ambigüedades. Imagínese que al construir una bomba atómica las instrucciones no sean claras. Las vaguedades en una receta culinaria –probablemente omitidas con alevosía por la abuelita sinvergüenza– sólo pueden acabar en un platillo mal sazonado, en cambio, al armar un dispositivo nuclear, el resultado puede ser catastrófico.
En mi memoria aparece la huella de Paz gestando la palabra neblumo para referirse al término inglés smog. El acrónimo anglo se formó en aquellos tiempos cuando la contaminación urbana empezaba a convertirse en un problema serio de salud. Viene de smoke (humo) y fog (niebla). El poeta confeccionó con la materia prima que manejaba con destreza grande el término perfecto. Inexplicable es su nulo uso en nuestro país donde Paz es un icono cultural. En cambio, usamos el funesto esmog, ya incluido en el Diccionario de la Lengua Española. Sorpresa grata fue hallar en la edición última, la vigésimo tercera, neblumo, al fin.
Seguramente el vocablo paziano fue leído por más de un científico, aunque no lo usaron. La razón del absurdo encuentra su raíz en la denuncia de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas. A saber: (El científico) “Es un hombre que, de todo lo que hay que saber para ser un personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y aun de esa ciencia sólo conoce bien la pequeña porción en que él es activo investigador. Llega a proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje que especialmente cultiva, y llama diletantismo a la curiosidad por el conjunto del saber. El especialista ‘sabe’ muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto”. Para ser justos y circunscribir el comentario, hay que aclarar que el filósofo alude a algunos científicos afortunadamente. Los de la clase que no aceptan correcciones de cualquier índole –lingüísticas en este caso. En lugar de ayudar a crear palabras construidas correctamente, su intelecto sólo les alcanza para incorporarlas a lo bestia. Se escudan en decir, con seguridad pasmosa, que el término no existe en nuestro lenguaje, ¡qué memoriosos!
Leemos cada día barbarismos atroces como buleado en vez de acosado, hashtag en lugar de etiqueta, sticker por calcomanía. Sucede peor cuando el vocablo coincide con una en español, pero con diferente significado. La secuela de una película es su consecuencia, no su continuación. El ADN se duplica, no se replica, puesto que no es un esquizofrénico que se habla a sí mismo. Alguien bizarro es valiente, no raro. Eventualmente es sinónimo de casualmente, jamás de finalmente.
Hay neblumo cultural también.
