¿De qué color es el oso?
Por ser tan pequeños nos es difícil percibir que la Tierra es una pelota inmensa.
Cierto fotógrafo deambula con la cámara presta, la lente para telefoto montada y el trípode a cuestas. Valiéndose de un aparato de posicionamiento global y de una señal satelital, ubica perfectamente su posición. Si acaso hubiera error, la diferencia no rebasaría un metro. Gracias a dicha tecnología registra su trajín para no perderse y saber dónde exactamente, en caso de suceder, avistó al plantígrado. Camina un kilómetro hacia el sur. Luego gira hacia la izquierda y se mueve otro kilómetro al este. Ahora decide cambiar de dirección y recorre otro kilómetro al norte. Llega al mismo sitio de donde partió. Y allí justamente, encuentra un oso. Un macho enorme y poderoso. Magnífico ejemplar. Rápida y silenciosamente instala el trípode sobre el piso, enciende la cámara, enfoca y comienza a disparar el obturador decenas de veces. Después de cierto tiempo, decide retirarse con el botín fotográfico. No hay que tentar mucho la suerte y menos a semejante depredador.
Esta historia nos la contó nuestro profesor de matemáticas como un problema que debíamos resolver apenas en el primer día de la carrera. En realidad el protagonista no era un fotógrafo originalmente, sino un cazador, pero como la caza siempre me ha parecido deleznable, decidí cambiarle la profesión. Al finalizar el cuento nos preguntó: ¿De qué color es el oso?
La pregunta nos tomó por sorpresa —esa era la intención. Todos pensábamos en algún acertijo relacionado con cálculos y cifras —era clase de matemáticas—, empero determinar el color de un animal con esos datos nos resultó imposible. A lo más pudimos darnos cuenta de una contradicción. Si uno anda un kilómetro hacia el sur, otro hacia el este y termina con uno en dirección al norte, no llegará al punto de partida. El maestro nos afirmó que sí. Al ver que no íbamos a resolver el enigma, dijo sonriendo socarronamente: el oso es blanco.
Plasmemos sobre un papel la ruta del hombre. Dibujemos una línea hacia abajo (sur), a continuación otra hacia la derecha (este), perpendicular a la primera y, finalmente, una tercera recta hacia arriba (norte), perpendicular a la segunda y paralela a la primera. Claramente el punto al que llegamos no coincide con el lugar de origen de la travesía. He allí la anomalía aparente del relato —y la pista.
La imposibilidad de repetir el trayecto del fotógrafo se resuelve fácilmente al cambiar la perspectiva y prescindir de ideas preconcebidas que funcionan bajo ciertas condiciones, condiciones que olvidamos. La adivinanza no cuadra en un espacio plano como la hoja de papel; sin embargo, embona perfectamente sobre uno curvo. Vivimos sobre la superficie de la Tierra y nuestra sensación es que habitamos un plano. Por ser tan pequeños nos es difícil percibir que nuestro planeta es una pelota inmensa. Vista de lejos, es una esfera. Ya midiéndola bien, asemeja mejor a una mandarina porque está achatada en los polos y ensanchada en el ecuador. Con precisión geométrica, eso se denomina esferoide oblato —una esfera barrigona. Constantemente representamos situaciones mundanas, como distancias y direcciones, sobre papel, usando la geometría plana —euclidiana. No obstante, todos sabemos que residimos en un mundo esférico —con geometría elíptica. Aunque lo olvidamos.
El oso era blanco porque el único lugar de la Tierra donde se puede viajar como el fotógrafo y llegar al mismo sitio es el Polo Norte, donde únicamente moran osos polares. Los cuales enfrentan segundo a segundo un peligro de extinción gravísimo por el calentamiento global provocado por el ser humano. También está en nosotros remediar la catástrofe. Ojalá no lo olvidemos.
