Libros malditos en la FIL
Por vez primera, en casi tres décadas, la ciencia cuenta con una participación.
Apenas el sábado pasado arrancó la vigésimo octava edición de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. El oasis de cultura abierto al público, donde participan mil 900 editoriales, 32 países y más de 600 escritores, desaparecerá el 7 de diciembre. Y por vez primera, en casi tres décadas, al fin, la ciencia cuenta con una participación oficial. La ausencia pasada de la literatura científica da mucho de qué pensar. ¿Cuáles son las razones de la marginación? Es un vicio común de los medios culturales incluir a la literatura, la música, la pintura y demás artes bellas —y otras no tanto— dentro de sus cuerpos; sin embargo, la biología, la física, la química, se omiten. Como si la ciencia y la cultura fuesen dos menesteres diferentes, separados. Abundan intelectuales muy leídos en poesía, teatro, novela, versados en música y hasta en el llamado séptimo arte, que desconocen cómo despejar una ecuación de primer grado o que el Polo Norte carece de tierra. Conocimientos científicos elementales. Existen otros, osados ellos, que hablan de mecánica cuántica y de evolución biológica con la agilidad de un hipopótamo sobre hielo, cuando nada entienden de átomos ni de especies. ¿Por qué se privilegia el arte sobre la ciencia?
El arte y la ciencia persiguen objetivos diferentes, es allí donde se puede encontrar la causa de la discriminación. El primero busca transmitir; la segunda, entender. Un volumen científico se llena con conocimientos. Aporta saber a quien lo devela, lo empodera. Las ideas científicas han sido siempre temidas y resguardadas celosamente. Son generadoras de las revoluciones trascendentales, las únicas, diría yo. El fuego, el hierro, el bronce, la agricultura, la energía nuclear, el transistor, la genética, son algunos elementos transformadores de la humanidad. Muchos científicos han sido secuestrados, perseguidos, encarcelados y asesinados no por sus ideas, sino simplemente por revelar el mundo, lo cual, en esencia, no sucede en ninguna otra actividad humana.
Ahora se aclara el horizonte. Gracias a la ciencia comprendemos el universo, eso nos otorga poder, y en ese sentido, es peligrosa. Divulgar la ciencia se convierte en clandestinidad. Jaques Bergier, el excéntrico ingeniero químico, espía, periodista y escritor francés de origen ruso, toca el tema en Les livres maudits. En la obra investiga una milenaria alianza secreta internacional contra el saber. Una cofradía dedicada a detectar y destruir escritos con información nociva. Los conoció y apodó como los “hombres de negro” —origen de Men in black, versión edulcorada y mutada obviamente—, se topó con ellos en todas las conferencias sobre el tema. Según Bergier, su propósito es “impedir una difusión demasiado rápida y extensa del saber, difusión que pudo provocar la destrucción de las civilizaciones que precedieron a la nuestra”. Posiblemente el realismo fantástico del francorruso le proporcionó una lente empañada tal que no adivinó intenciones más mezquinas que la anterior. Es ideal escudarse detrás del argumento de la defensa de la sociedad cuando en realidad se desea controlarla.
Si existe dicha conspiración o no, lo debatiremos luego. De todas formas, la quema de libros es una actividad mundial. Hace dos mil 200 años, Quin Shi Huang, primer emperador de China, arrasó con casi todos. En Alemania, Hitler también atizó la pira. Las dictaduras de Argentina y Chile contribuyeron con abundantes ejemplares.
Por el momento, buscaré aquí en la FIL de la Perla Tapatía, algo sobre los libros condenados que enumera Bergier: El libro de Tot, Las estancias de Dzyan, Excalibur y el insondable manuscrito Voynich.
