Encadenados
La tragedia de Johanna es diferente. Una que los trágicos helenos no tocaron.
¿Cree usted en el destino establecido? La mayoría contesta que no.
Mayo 31, 2009. Johanna Ganthaler y su esposo Kurt llegan al hotel con la anticipación justa. Seguramente el ritmo de las vacaciones tropicales que han tomado los ha aletargado un poco. Cenan ligero y abordan un taxi que los lleva al Aeropuerto Antonio Carlos Jobim, en Río de Janeiro. Sin embargo, no cuentan con que el tránsito en esta ciudad es un ser monstruoso que devora tiempo a todos sus habitantes. Sin duda, todas las ciudades poseen estos engendros hambrientos, ya no digamos de segundos y minutos, sino de horas. Pero, según dicen los conocedores, el carioca es un titán, incluso afirman que es más poderoso que el de la Ciudad de México, otro gigantesco devorador de momentos. Johanna y Kurt sienten pasar los minutos más rápidamente que de costumbre, como si alguien acelerara el reloj. Algún duende relativista escondido en la guantera hace de las suyas.
Por fin arriban a la terminal. Bajan presurosos del automóvil y corren hacia la sala correspondiente. Sus corazones galopantes pierden el paso cuando la señorita de Air France les informa que el vuelo 447 a París ha despegado ya. Son las 22:03. Luego de maldecir su suerte y de hacer el intento por descubrir cuál fue el suceso tonto que los atrasó, acuerdan con la aerolínea adquirir un par de boletos en el vuelo siguiente. Por la mañana se enteran de que el Airbus A330 nunca llegó a la capital francesa. Desapareció en medio del Atlántico.
Brasil y Francia enviarán barcos y submarinos para encontrar el avión. Cinco días después, aparecerán flotando restos de la emblemática cola azul, blanca y roja. Hasta mayo de 2011 se encontrará el fuselaje hundido del cual se extraerán la mayoría de los cadáveres y las cajas negras. Ellas relatarán que el percance se debió al congelamiento de los tubos de Pitot, al cruzar una zona de tormentas muy peligrosas y a la inexperiencia de ambos copilotos. El piloto se había ido a descansar.
El matrimonio Ganthaler sonríe y se abraza. Escaparon del destino, burlaron a la muerte sin quererlo, el suceso tonto que los atrasó resultó ser uno afortunado. La perspectiva de la vida cambia en instantes. Aterrizan en Francia el 2 de junio. Toman un vehículo y viajan al Tirol italiano, la tierra de Johanna. En una carretera de Kufstein, Austria, se estrellan contra un camión. El impacto es brutal. Ella muere inmediatamente y él alcanza a llegar al hospital gravísimo.
La trama anterior se ha comparado con las cinco películas de la serie Destino final, en las cuales un grupo de personas evade un accidente que causará el fallecimiento de todos ellos. La Muerte implacable los persigue. Uno a uno los va alcanzando y matando en la secuencia original. No obstante, el caso de los Ganthaler difiere.
Allá en el mundo griego, maestros de la tragedia también trataron los temas de la fatalidad. Para Esquilo, los hombres estaban supeditados al destino, sus acciones simplemente embonaban en un orden natural inmutable. Así pasa con Prometeo, quien conoce su destino y lo acepta. Sófocles, gran rival de Esquilo, cambia la pasividad del protagonista haciéndolo un rebelde contra lo determinado. Trágicamente, al querer huir de eso, lo propicia. Edipo cae irremediablemente en lo que desea evitar. Cualquier Destino final es sofocleo. La tragedia de Johanna es diferente. Una que los grandes trágicos helenos no tocaron. Tanto Prometeo como Edipo saben qué les pasará; la italiana, no. Desconocemos nuestro hado y creemos inconscientemente en leyes universales. Ante tal desamparo nos gusta traer amuletos, ser supersticiosos.
¿Cree usted en el destino determinado? La mayoría responde que no.
