Entrevista a un asesino

¿No le parece que está ocasionando mucho sufrimiento?

Al fin estábamos llegando a nuestro destino. Las 11 horas de la Ciudad de México a París, sumadas a las ocho horas de la Ciudad Luz a Kinsasa, capital de la República Democrática del Congo, hicieron estragos. La descompensación horaria magnificó la fatiga. Sin embargo, recorrer los caminos rurales congoleños en un viejo vehículo del ejército sin amortiguadores fue, por mucho, lo peor.

Nous sommes arrivé! —gritó el chofer a la vez que frenó drásticamente el coche. Descendimos el fotógrafo y yo. Oui, oui, j’attendrai une heure —contestó fastidiado cuando le pregunté si aguardaría la hora convenida, no queríamos que nos dejara abandonados en media selva. Avanzamos sin rumbo entre la espesura siguiendo la ribera del río Ébola. Si el trato se respetaba, pronto veríamos a una cuadrilla que nos guiaría con uno de los líderes más viejos del movimiento. El primer ataque lo realizaron en la aldea Yambuku, cerca de aquí, en 1976. Súbitamente nos encontramos rodeados por una centena de individuos. Nos llevaron a un pequeño claro donde aguardaba el jefe.

¡Ah, bien, al fin llegaron! Tomen asiento. –Dijo, para nuestra sorpresa en perfecto español. —Le agradecemos mucho su tiempo, pensamos que el diálogo sería en francés... —¿Porque estamos en el Congo, los virus debemos hablar el idioma humano de aquí? —me interrumpió. —No sea limitado. Hablamos varios idiomas humanos y animales, ¿quiere que le hable en murciélago? —soltó una carcajada que contagió a los demás. El sujeto era muy pequeño. Su figura de fideo alargado rayaba en la delgadez anoréxica. Filovirus, ahora entendía la razón de ese nombre científico. Pasemos a la entrevista:

Reportero: ¿Sabe de la epidemia que está causando en el mundo?

Asesino: Ustedes no son todo el mundo, la epidemia que menciona sólo la sufren algunos humanos.

R: Quisiéramos saber cuáles son sus metas.

A: ¿Nuestras metas? Las mismas que las suyas, sobrevivir.

R: ¿No le parece que está ocasionando mucho sufrimiento?

A: Usted dígame dónde hay más pena, en la muerte rápida por causa del ébola o en la congoja de morir diaria y lentamente siendo explotado, torturado y asesinado por sus propios congéneres. Yo mato para sobrevivir, los humanos para acrecentar un dinero acumulado en el banco.

R: ¿No cree que exagera?

A: Mire, este país se llamaba antes Congo Belga. Aquí los belgas, bajo órdenes de su deleznable reyecito, Leopoldo II, se dedicaron a golpear, mutilar, torturar, esclavizar y violar a todos únicamente para producir fortunas con el caucho. No diga estupideces.

R: La comunidad internacional ayudó a frenar dichas vejaciones.

A: Porque querían el uranio que existe aquí. Fue una pantomima. Cambiaron lo gomoso por lo metálico.

R: Eran tiempos diferentes, menos civilizados.

A: La manera en que actualmente crían y asesinan a millones de gallinas, cerdos, vacas, ballenas, tiburones, es abominable. Usted dijo que vienen de México, ¿cierto? ¿Qué me dice de los descabezados, los desaparecidos y las fosas de cadáveres que son más fáciles de hallar que el niño de la Rosca de Reyes?

R: Si continúan con la epidemia, la ciencia encontrará cómo eliminarlos. ¿No teme eso?

A: Su ciencia se impulsa por ambición y prepotencia. Creían que podrían detener a un par de compas, y ya tienen ébola en América y en Europa. Si hemos de desaparecer, lo haremos sin lloriqueos ni súplicas ridículas a espíritus inventados. Sin pensar que iremos al Edén vírico donde abrazaremos a padres y hermanos. Desapareceremos como “lágrimas en la luvia”. Pero a lo mejor los que se van son otros. ¿Sabe que en España, Francia y Portugal tenemos familiares mucho antes de 2014?

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