Ositos de agua: viajeros interestelares
Este gordito es tal vez el ser más resistente que conozcamos.
“El espacio, la última frontera. Estos son los viajes de la nave estelar Enterprise, en una misión que durará cinco años, dedicada a la exploración de mundos desconocidos, al descubrimiento de formas de vida y civilizaciones nuevas, hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar”. Así comenzaban los capítulos, en voz del capitán James Kirk, de una de las series televisivas más famosas de ciencia ficción, hoy convertida en culto: Star Trek. Durante sus tres temporadas desfilaron múltiples razas de extraterrestres. El Sr. Spock, sin duda, fue el más famoso, de pensamiento y orejas agudos, aunque no era totalmente alienígena, porque su padre era de Vulcano y su madre de la Tierra. Humanos y vulcanianos, junto con andoritas y tellaritas, formaron la Federación Unida de Planetas para luchar contra fuerzas como el Imperio Romulano y los Borg, entre otras muchas.
Elemento característico de Viaje a las estrellas fueron sin duda los motores warp, capaces de propulsar al Enterprise a velocidades mayores de la luz —además de los intercomunicadores que inspiraron la creación del teléfono móvil. Las dimensiones del universo son de tal envergadura que ni siquiera la celeridad de la luz alcanza para llegar a algún sitio en tiempos de vida humana. En varias novelas de ciencia ficción, además de viajar ultralumínicamente, se recurre a la congelación de los cuerpos, sometiéndolos a un estado de animación suspendida en el que no se envejece. Trajes resistentes a las temperaturas cercanas al cero absoluto y a las radiaciones complementan el equipo de los exploradores cósmicos.
Lejanos estamos de dichas expediciones al espacio. Nuestro tamaño es ínfimo, la tecnología es primitiva y la fisiología restrictiva. Imposible es producir motores warp. Algunas ideas científicas dan esperanza sobre viajar a cualquier punto del espacio sin utilizar velocidades exorbitantes, en cambio, proponen doblar el espacio-tiempo cual tortilla y así trasladarse a zonas impensables. Eso resuelve la limitante física, pero no la biológica. Mientras investigamos si podremos suspender nuestro metabolismo y cómo protegernos ante los rayos agresivos del infinito, en nuestro planeta hay un ser que ya posee esa sabiduría.
Camina pausadamente, asido de la hoja de un musgo gracias a los ganchos de sus patitas rollizas, un osito de agua se alimenta. Con sus estiletes perfora la superficie verde y succiona los jugos nutricios. Parsimoniosamente mueve una extremidad, luego otra, y otra, y otra, así, hasta accionar sus ocho patas. La criaturita se desplaza sobre la oblea de agua que recubre la vegetación del lugar. El osito es rechoncho y lento, tanto, que su nombre científico es tardígrado (paso lento). Se descubrieron en el siglo XVIII y fueron bautizados como osos de agua por su semejanza con el plantígrado. Los más grandes miden 1.5 milímetros.
Este gordito es tal vez el ser más resistente que conozcamos. Puede sobrevivir a temperaturas superiores a la del agua hirviendo, aguantando 151°C, también se siente cómodo en las bajas, tan ínfimas como -270°C, casi la temperatura más fría posible (-273.15°C). Si se convierte en un tonelito desecado alcanza a vivir así por casi décadas. Resiste dosis de rayos X, hasta 570,000R, cuando el hombre sólo soporta 500R. En 2007, científicos rusos colocaron un grupo de ellos en la sonda espacial Fotón M3, demostrando que los cosmonautitas sobrevivieron en el espacio.
Quizá podamos aprender su secreto, aunque tal vez sea imposible manipular un cuerpo humano para lograr dichas ventajas. La alternativa es aliarnos con ellos para alcanzar “lugares donde nadie ha podido llegar”.
