Despiértame cuando pase el temblor
Al hablar de terremotos, 1985 viene a la cabeza invariablemente.
Estaba nervioso. El pitido estentóreo acontecido escasos segundos antes había rechinado mi tranquilidad.
Todavía resonaba impertinente. Caminamos por pasillos, luego bajamos por escaleras hacia sitios donde la luz escaseaba con cada peldaño descendido. Nadie hablaba. Por fin llegamos al destino. Una entrada enorme nos acogía mediante sus dos manos abiertas de par en par. Eran de metal, altas, grises, imponentes. Poseían unos símbolos compuestos por triángulos que yo desconocía. Entramos.
La bóveda se cerró. Busqué a alguien conocido. Entre luces mortecinas, pronto encontré a mis compañeros bilingües de la clase de inglés. “C’est un abri”, me dijo Nicole, la francesa. “Sí, chico, es un refugio antibombas”, complementó Douglas, venezolano él. Tajo, el chino, fiel a su carácter, nada expresó. “Maldición, apenas llevo una semana en este país y justo ahora a los soviéticos se les ocurre bombardearlo”, protesté indignado. En menos de cinco minutos, salimos y regresamos a nuestros salones.
Entendí que todo aquello era un simulacro para estar preparados ante un ataque eventual de la URSS. Así era la Guerra Fría. El susto se me bajó enseguida. En México jamás había participado en algo similar. Posteriormente, me tocaron los simulacros contra incendios. La diferencia esencial con los de los bombardeos, era que en vez de refundirnos en las profundidades de la escuela, íbamos a los jardines circundantes. Prefería éstos últimos, era más ameno salir y rodearse de pájaros, árboles otoñales, sol o nieve, que de cables, tuberías y focos parpadeantes. Rápidamente aprendí a vivir con los diferentes tipos de simulacros.
A mi regreso, volví a entrar en la perpetua dinámica relajada —estática, mejor dicho— donde nunca hay una sirena estridente y dictatorial que ordena abandonar todo y dirigirse hacia un lugar predeterminado. Los simulacros quedaron en el anecdotario. Años después, mientras hacia un examen de dibujo constructivo, comencé a marearme. No fui el único, varios compañeros tuvieron la misma sensación. Tuve la sospecha que el puntillismo —tema del examen— tenía consecuencias serias en la salud. Instantes pasaron y el edificio empezó a tambalearse, los crujidos de vidrios rompiéndose quebraron el silencio. Los tabiques de los muros se movían como acordeón de Celso Piña y caían dejando ver lo que había del otro lado. Tubos de agua se rompieron. El líquido fluía a borbotones. Entre gritos, todos salimos atropelladamente de las aulas hacia las escaleras. Hubo quien se arrojó hacia el patio desde un balcón. Afortunadamente estaba en el primer piso. Únicamente se rompió un tobillo. Ese temblor no produjo daño alguno en el DF, sólo lastimó seriamente mi colegio. Mientras ocurrió el deslinde de responsabilidades, los dictámenes de los peritos y las reparaciones provisionales, tuvimos aproximadamente un mes de vacaciones muy ricas. Bien nos las merecíamos, ¡menudo espanto!
Al hablar de terremotos, 1985 viene a la cabeza invariablemente. La magnitud del movimiento tectónico fue de 8.1 Mw, siendo uno de los peores que han ocurrido en México. Superado por apenas un puñado, entre ellos se encuentra el terremoto de Veracruz de 1973, cuya magnitud fue de 8.8 Mw. El viernes pasado, 19 de septiembre, se conmemoró el 29 aniversario de la sacudida ochentera. Para ello se realizó un macrosimulacro. Uno que se hace una vez al año, del cual se sabe perfectamente el día y la hora. ¿Acaso eso sirve de algo? Los bombardeos, incendios y temblores no se pueden predecir, “no tienen horario ni fecha en el calendario”, mucho mejor preparados hay que estar.
¡México, despierta!
