Los derechos políticos son para todos (¿y las todas?)
“La ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos” Olympe de Gouges Francia, 1791 Ha sido muy grande y muy difícil la lucha de muchas mujeres por reivindicar los ...
“La ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos”
Olympe de Gouges (Francia, 1791)
Ha sido muy grande y muy difícil la lucha de muchas mujeres por reivindicar los derechos de las mujeres, para transitar de un esquema patriarcal, heredado desde la cultura griega, que ha mantenido a las mujeres invisibles, sometidas, dependientes y violentadas en todos los ámbitos, lo físico, lo simbólico, lo sexual, a un esquema social donde mujeres y hombres se reconozcan como seres humanos y cada uno y cada una se forje su propia identidad; un esquema sociopolítico donde se privilegie, realmente, la igualdad de género.
Si partimos del hecho de que los griegos consideraban que el sexo femenino era un sexo masculino incompleto y deficiente, podemos entender por qué su concepción de la democracia excluía a las mujeres de las decisiones públicas, inclusive ni siquiera tenían el privilegio de poder hablar en público, puesto que eran consideradas naturalmente ineptas para hacerlo.
Posteriormente, bajo la cobija del racionalismo surgido en el siglo XVII y luego de la corriente del derecho natural, empezaron a gestarse las primeras expresiones de lo que a principios del siglo XIX se conocería como feminismo. En este nuevo orden civil, lo político seguía reconociéndose como un espacio para hombres, siguiendo el principio patriarcal de la Grecia Clásica.
En el periodo de la Ilustración, con todo y sus principios de igualdad, libertad y fraternidad, se siguió negando la participación de las mujeres en el ámbito de lo público con el argumento de que la participación de éstas en la política trastocaría sustancialmente el modelo de sociedad libertaria e igualitaria. Así pues, el concepto de igualdad sesga de nueva cuenta a las mujeres. En esa época, la democracia se entiende como el gobierno de los muchos, donde “las muchas” no tenían cabida.
Es hasta finales del siglo XIX cuando el sufragismo hace nido en la democracia liberal que caracteriza a este periodo. Es a partir de aquí donde la demanda feminista se orienta hacia la exigencia de los derechos públicos de las mujeres, más allá del mero derecho al voto, las sufragistas exigen ser sujetas de derecho y a pesar del repudio y la represión, obtienen logros considerables, especialmente su derecho al voto.
Después de la IV Conferencia Mundial de la Mujer (Beijing, 1995) salta a la palestra la perspectiva de género como una herramienta que propone nuevos criterios para el abordaje de los problemas sociales de las mujeres. Desde esta perspectiva, que entre otras cosas conceptúa la categoría analítica del género, podemos redefinir la política y construir una agenda democrática en la que la inclusión de las mujeres sea una realidad.
“Lo que requiere una sociedad para impulsar sus procesos democráticos (y no sólo las mujeres de una sociedad) es atacar el problema cultural que hace a las propias relaciones entre las personas estar marcadas por el ejercicio de un poder ilegítimo y cuyas consecuencias éticas, políticas, económicas y sociales son inconmensurables”.[1]
*Directora del Instituto Chihuahuense de la Mujer
[1] Serret, Estela. Género y Democracia. Instituto Federal Electoral. 2004
