Arturo Sarukhán: diplomacia en tiempos difíciles

Su gestión como embajador es por demás encomiable y plausible. No sabemos quién habrá de sustituirlo.

La historia de la diplomacia mexicana está rebosante de personajes que han dado lustre a México en el extranjero. No es sencillo enumerar a todos. Algunos han sido mexicanos de tal renombre que invocarlos obliga a ponerse de pie. Si de escritores se trata, Ignacio Manuel Altamirano fue cónsul general en Barcelona; Alfonso Reyes, embajador en Argentina y Brasil; mientras Octavio Paz y Carlos Fuentes, embajadores en la India y Francia, respectivamente. El abogado más reconocido fue Antonio Carrillo Flores, embajador de México en Estados Unidos y en la Unión Soviética en plena Guerra Fría. La lista de notables abarcaría varios artículos. No es ahora la intención.

Se trata de referir la gestión de Arturo Sarukhán en Estados Unidos. Hace seis años me atreví a sugerir que él debería ser el secretario de Relaciones Exteriores por múltiples razones. Según se dijo, compromisos de género llevaron al presidente Calderón a designar a una mujer.

Correspondió a la embajadora Patricia Espinoza ser entonces la secretaria de Relaciones, con la circunstancia de que Calderón al nombrarla mencionó al mismo tiempo que habría de someter al Senado para ratificación y después al beneplácito de Estados Unidos el nombramiento del embajador Arturo Sarukhán. Nunca antes al nombrar al gabinete se designaba al embajador ante Estados Unidos.

Pensé entonces que era un reconocimiento extraordinario a Sarukhán, pero excesivo, en tanto sumisión ante poderoso vecino, nombrar un embajador al mismo tiempo que al canciller. Por otra parte, restaba autoridad a la entonces flamante secretaria.

Si bien es cierto que los mexicanos hemos tratado de diversificar nuestras relaciones con el mundo, para evitar una dependencia mayor del vecino del norte, lo cierto es que han sido buenas intenciones y propósitos, pero poco efectivos. Las cifras no mienten. México está, guste o no, ligado indisolublemente a Estados Unidos por múltiples razones: geopolíticas, comerciales, históricas, económicas, culturales sociales y hasta demográficas. En este sentido la embajada mexicana en Washington es la más importante, como lo es la de Estados Unidos en México. No quiere decir que políticamente las embajadas en Francia, Inglaterra, Alemania y España no sean relevantes. Lo que sucede es que la magnitud y cercanía estadunidense es abrumadora.

Por ello la gestión de Arturo Sarukhán es por demás encomiable y plausible. No sabemos quién habrá de sustituirlo. Se habla de Carlos de Icaza, experimentado diplomático, quien ha hecho una labor extraordinaria con Francia, el país que tensó su relación con México por el caso de la secuestradora Cassez, a la que le violentaron sus derechos después de que ella había ayudado a violentar a ciudadanos mexicanos.

Se habla también del embajador mexicano en Reino Unido, Eduardo Medina Mora, ex procurador general de la República confrontado con Genaro García Luna, el antes poderosísimo secretario de una dependencia en vías de desaparecer. La designación de Medina Mora se vio entonces como un exilio dorado. Sus capacidades ahora lo llevan a ser mencionado como el embajador ante la potencia global. El que sea recibirá zapatos grandes.

Sarukhán deja una vara alta. Dedicó seis años a operar el día a día de los innumerables conflictos. No obstante, nunca perdió le serenidad y prestancia para enfrentar problemas complicados de la más difícil relación bilateral que hay en el mundo. Si tuvieran que listarse habría que recordar la migración, la Iniciativa Mérida, los conflictos por el tránsito de camiones mexicanos en Estados Unidos, los agentes de la DEA muertos en México, el tráfico de drogas, armas y personas, los niños mexicanos muertos por balas de la Patrulla Fronteriza, los atracos a ciudadanos estadunidenses en México, las alertas de viaje a turistas estadunidenses, las guerras tarifarias, por sólo decir algunos de los que hubo noticias.

No existe otra frontera entre un país con tan alto grado de desarrollo como Estados Unidos con un país, pujante y vigoroso, pero al final de cuentas sometido todavía al lastre del subdesarrollo, como es el nuestro.

Unas horas antes de la toma de posesión de Peña Nieto, el embajador Sarukhán respaldaba con firmeza, ante el gobierno de Obama, el reclamo de los tomateros mexicanos que se vieron amenazados por los productores de tomate de Florida que ejercieron presión política para imponer medidas arancelarias a los tomates mexicanos, lo que hubiera comprometido el destino de cientos de miles de familias.

Las cuentas que deja al nuevo embajador son las de dignidad, capacidad, sagacidad, conocimiento y lealtad a México. Un renglón más en el currículum de la ejemplar diplomacia mexicana.

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