La trampa del Oriente Medio
No se perfila en el horizonte una victoria militar, aunque Israel disponga de un arsenal nuclear fuera de todo control.
El Oriente Medio parece condenado a no salir de una trampa sangrienta de soberbia hegemónica y aspiraciones frustradas. Israel proclama que se siente amenazado por sus vecinos y se remite machaconamente al Holocausto, cuando casi nadie ayudó a los judíos, incluido su gran aliado estadunidense. Bajo la cobertura de tal pretexto, actúa con brutalidad equiparable a la de sus perseguidores de otros tiempos, siempre con el respaldo de Washington.
Pero así agrava el desastre. Los palestinos lo han perdido cien veces todo, expoliados incluso por sus hermanos en el Islam: no pueden perder nada más, sino sus vidas, sus muertos, su tierra, su identidad. ¿Por qué la ética, el respeto a los derechos humanos, la cultura, el sentido común, han fracasado?
Israel, Estado-nación de un pueblo perseguido a lo largo de los siglos que siguieron a la toma y destrucción de Jerusalén por el emperador romano Tito, fue implantado arbitrariamente en un entorno territorial que ya le era ajeno, en buena medida, como resultado de la mala conciencia occidental, que con el argumento de compensar una terrible atrocidad, cometió otra.
¿El curso de la historia no puede evitar la hecatombe como sistema? No hasta el momento, aunque se avanza: hay más gente, vive más, es más libre. O se analizan y anulan esos genes del mal, esa cultura depredadora o la violencia sin freno, reciclada a partir del 11 de septiembre de 2001, habrá sido el preludio de más holocaustos.
La reciente agresión, israelí contra los palestinos de Gaza, desproporcionada por todos los conceptos, parecería un signo de los tiempos: época de impunidad para algunos, de renovados agobios para otros. De un lado está la superioridad militar de quienes perpetran las matanzas. Del otro, milicias palestinas que intentan responder con los medios a su alcance.
El poderío militar de Israel y de Estados Unidos es indiscutible. Pero la capacidad de respuesta de los palestinos se basa en la resistencia y en la persistencia. Israelíes y estadunidenses pueden colocar más tropas y armas más poderosas en el conflicto. Los palestinos no agotarán las reservas de hombres y mujeres que están dispuestos a inmolarse para sobrevivir.
Así, el conflicto no tiene fin. La espiral de violencia sólo habrá de generar más violencia. No se perfila en el horizonte una victoria militar, aunque Israel disponga de un arsenal nuclear fuera de todo control, con la garantía de impunidad que le ha otorgado Washington.
Si el problema fundamental fuera el terrorismo de procedencia islámica, la estrategia del terrorismo de Estado no apagaría la hoguera, todo lo contrario. El mundo es más vulnerable y más inseguro hoy. En Israel no hay más perspectivas de paz ahora que la primera vez en que su gobierno se empeñó en acabar con los palestinos. Así, con todas sus letras: una solución final en el más deleznable estilo nazi.
Lo que ocurre en el Oriente Medio no es un problema que afecte sólo a países y gobiernos más directamente implicados. Nos alcanza a todos. El fracaso de esta política de fuerza es un fracaso también para las democracias occidentales. El mundo camina al borde de un precipicio y las posibilidades de caer en el abismo son generalizadas.
Por esta razón hay que presionar a los gobiernos de Estados Unidos e Israel, para que cambien su estrategia. Que reflexionen. Que entiendan que lo que está en peligro es la supervivencia de todos. La brutal ambición hegemónica lleva en sí misma el germen del cataclismo.
¿Se permitirá el holocausto de los palestinos para salvar a Israel? La idea de un Estado incluyente, donde convivan árabes e israelíes, judíos, musulmanes y cristianos, dista de ser una utopía inalcanzable. Debe considerarse más bien como la clave para encontrar una solución justa y duradera para un conflicto que puede ser el detonador del cataclismo.
Hay muchos judíos que honran su tradición humanista y condenan la política hegemónica y genocida del Estado de Israel. Ellos son parte de la suma de voluntades que permitirá poner fin a una injusticia recurrente, cometida con el pretexto de expiar otra anterior.
