La paz de Obama
La reelección de Barack Obama, recibida con optimismo por quienes, pese a las múltiples evidencias, prefieren aferrarse a las ganas de creer, no dará paso a una nueva política exterior estadunidense, ni posibilitará el cumplimiento de al menos algunas de las promesas ...
La reelección de Barack Obama, recibida con optimismo por quienes, pese a las múltiples evidencias, prefieren aferrarse a las ganas de creer, no dará paso a una nueva política exterior estadunidense, ni posibilitará el cumplimiento de al menos algunas de las promesas que hiciera hace ya cuatro años, cuando se le concedió el que probablemente haya sido hasta ahora el más oprobioso Premio Nobel de la Paz.
Obama mantiene el rumbo: su política interior es represiva, lesiona los intereses de la clase trabajadora, aunque iniciativas como la ley del seguro médico parezcan señalar lo contrario; y favorece los intereses del complejo industrial-militar. En cuanto a la política exterior, sigue la trayectoria militarista, hegemónica e imperialista que recibió un nuevo impulso durante los gobiernos de los dos Bush, particularmente el hijo, George W. Bush.
Obama comentó alguna vez a los gobernantes rusos, en particular al presidente Vladimir Putin, al primer ministro Dimitri Medvedev y al canciller Sergei Lavrov, que tendría más flexibilidad y campo de maniobra respecto a la defensa antimisiles, el taimado proyecto estadunidense para rodear a Rusia con un sistema ofensivo como amenaza permanente desde sus fronteras, si aseguraba un segundo mandato en la Casa Blanca. Esta posibilidad, señalan los expertos, particularmente los estadunidenses, parece más remota que nunca. De hecho, se espera un mayor deterioro en las relaciones ruso-estadunidenses, afectadas seriamente por las diferencias respecto a la agresión occidental encubierta contra Siria, las amenazas de EU y la OTAN contra Irán y la beligerancia de Washington para obstaculizar el camino de Rusia y China, sus rivales más poderosos conforme avanza el siglo XXI.
Obama y sus asesores temen la creciente presencia rusa en el mundo, propiciada por una política exterior más asertiva y dinámica, puesta en marcha por Putin, luego de su regreso a la Presidencia en mayo último. Washington decidió que la búsqueda de áreas de colaboración con el Kremlin, por ejemplo en el ámbito comercial, implica concesiones que lesionarían la marcha de la política hegemónica en la que coinciden el gobierno y los republicanos.
En Moscú se considera que la reelección de Obama es el mal menor. Mitt Romney definió a Rusia como el enemigo número uno de EU. Sin embargo, esta percepción rusa puede caer dentro del mismo ámbito del optimismo infundado al que me referí al principio, basado más que nada en la necesidad de creer que puede haber una mejoría, aún relativa, en el trato de EU con el resto del mundo. No será así.
Obama tampoco hará honor a su compromiso de poner fin a las aventuras bélicas estadunidenses, en pos del afianzamiento de la hegemonía global y del fortalecimiento de una economía cuya más confiable fortaleza se encuentra en el complejo industrial-militar. Un caso que ilustra y ejemplifica la realidad, es el de Afganistán, la guerra que EU y sus aliados de la OTAN nunca podrán ganar.
El 7 de octubre se cumplieron 12 años desde la invasión. Han muerto tres mil 216 soldados extranjeros; de ellos, dos mil 144 son estadunidenses. En contrapartida, las bajas civiles afganas ascienden probablemente a más de 36 mil, es decir, más tres mil por año, lo que implicaría un promedio de diez no combatientes muertos cada día, con inclusión de mujeres, niños, ancianos.
El gasto militar estadunidense en Afganistán asciende a más de 500 mil millones de dólares. Al día de hoy, las tropas de ocupación suman 108 mil y se quedarán teóricamente al menos dos años más. Si bien Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, acaba de reiterar en Kabul que los plazos acordados para la retirada de las tropas extranjeras —primordialmente estadunidenses— siguen vigentes y concluyen el 31 de diciembre de 2014, Obama eludió referirse a fechas; el Pentágono planea una presencia de al menos 25 mil soldados hasta 2024.
A lo anterior habría que sumar alrededor de ocho mil mercenarios de las empresas contratistas de seguridad militar, especialmente Dyn Corp. Tal es la paz de Obama.
