¡Ah, la política!

Aunque quienes me conocen no lo crean, hay veces que me da por el optimismo. Y optimismo fue lo que sentí el mediodía del martes pasado en el bello patio del Palacio de Minería, recinto de la UNAM, cuando vi sentados juntos al rector de mi casa de estudios, al jefe de ...

Aunque quienes me conocen no lo crean, hay veces que me da por el optimismo.

Y optimismo fue lo que sentí el mediodía del martes pasado en el bello patio del Palacio de Minería, recinto de la UNAM, cuando vi sentados juntos al rector de mi casa de estudios, al jefe de Gobierno electo del Distrito Federal y a los coordinadores de las fracciones parlamentarias del PAN, PRI y PRD (en orden de su registro) en la Cámara de Senadores. Asistí sin muchas expectativas al acto convocado por Miguel Ángel Mancera, en cumplimiento de labores que impone mi oficio como directivo de este diario.

La primera impresión que tuve fue ponderar la capacidad de convocatoria de quien gobernará la Ciudad de México en los próximos seis años: militantes, legisladores y dirigentes de los tres partidos políticos más importantes del país, empresarios, académicos, intelectuales, personajes destacados, entre ellos Jorge Carlos Ramírez Marín, quien acudió en representación del presidente electo Enrique Peña Nieto, y, hay que decirlo también, muchos buscadores de chambas grandes y chiquitas, inevitables en cualquier acto político de cualquiera quien va a ocupar un cargo público de primer nivel.

El primero en hablar fue el doctor José Narro, rector de la UNAM. Marcó el territorio y trazó el futuro cuando menos de la reunión, que ojalá sea el de la situación política y jurídica del Distrito Federal. No hubo manera de no escuchar: “No le interesan al ciudadano las estrategias dirigidas a formalizar alianzas para que una sola parte de ese todo pague los costos políticos de una acción inconveniente, de una omisión o de una alianza meramente circunstancial. Lo que desde la ciudadanía se requiere es de acuerdos que beneficien al conjunto. De otra manera, quien termina sufriendo y paga el costo de esos hechos es precisamente el conjunto de la sociedad”. Seguramente azuzado por mi oficio reporteril, imaginé, y al día siguiente lo comprobé, que en ese momento algún reportero subrayaba esas frases para, como debe ser, incluirlas en la entrada de su nota.

Luego, los coordinadores en el Senado, Miguel Barbosa, del PRD; Emilio Gamboa, del PRI, y Ernesto Cordero, del PAN, dijeron con mucha civilidad que el Distrito Federal necesita con urgencia una reforma política que lo iguale con las demás entidades de la República (me sorprendió que nadie haya pronunciado el concepto de estado, como cuando en mis tiempos se hablaba de la creación del estado 32) y que sus ciudadanos deben tener los mismos derechos que quienes viven más allá de Cuautitlán (referencia que utilizo porque ahí paso rumbo al Bajío). Sin profundizar mucho, todos coincidieron en la necesidad de la modernización de nuestro Distrito Federal, que data de la Constitución de 1824, y también exhibieran sus distintas visiones del estatuto jurídico y político de la capital de la República.

Miguel Ángel Mancera se portó muy político, como lo había sido el doctor Narro, para anunciar que en ese momento se inició una etapa de reflexión, debate y recepción de propuestas para la reforma política del Distrito Federal.

Por puro olfato de reportero, que creo todavía poseer, oí a todos convencido de que la reforma política para el Distrito Federal está planchada, como se dice en el argot político; que el oficio de Mancera y su 63% de votación popular obtenida en las elecciones de julio —porcentaje envidiable en cualquier país— están siendo utilizados para dialogar, debatir, negociar, concertar y llegar a acuerdos. No ignoro que los tres partidos políticos tienen diversas visiones políticas y jurídicas sobre el estatuto jurídico y político de la Ciudad de México, pero que por lo menos están de acuerdo en que el actual debe cambiar y, sobre todo, que los ciudadanos del Distrito Federal no son de segunda.

El discurso del rector de la UNAM me remontó a años atrás. No hace muchos años, máximo 30, cuando como reportero siempre preguntaba, viniera al caso o no, a los militantes, dirigentes, legisladores de los partidos de oposición, sobre alianzas para enfrentar al PRI, entonces partido invencible. En esta columna se han comentado algunas respuestas que obtuve de personajes como Luis H. Álvarez, Gilberto Rincón Gallardo, Manuel J. Clouthier, Arnoldo Martínez Verdugo, Heberto Castillo y otros sobre ese tema. También aquí se ha opinado sobre los 15 años que lleva la transición de México a la democracia y las derrotas que le han infligido dirigentes y legisladores de todos los partidos políticos, apoyados por muchos de los ciudadanos que militan en ellos y por muchos otros más, con posturas cuyo único objetivo es impedir las acciones de quien los venció en las urnas, sin importar si ellas son en beneficio de los ciudadanos. Y así llevamos dos sexenios y medio en una especie de parálisis de la que todos los políticos se culpan.

Me parece que el rector Narro ya lo entendió y al parecer Miguel Ángel Mancera también. Su visita al día siguiente al Presidente de la República, Felipe Calderón, no fue simple acto de cortesía (al que además no estaba obligado), es también un mensaje, imposible en su antecesor. Ojalá también lo hayan entendido Cordero, Gamboa y Barbosa y lo transmitan a sus correligionarios de alto y bajo niveles. La crispación y el enfrentamiento no lleva, no ha llevado, a ningún puerto, malo o bueno. Desde siempre, la política ha sido dialogar, debatir, consensuar, acordar, aprobar. Lo otro (imponer desde el poder absoluto o bloquear al contrario político), ya sabemos qué es. Los ciudadanos ya lo sabemos. Éste es uno de los logros de la transición.

Por ello a veces me da por el optimismo, aunque el reportero que llevo encima se haya dado cuenta de que en ese acto en el inolvidable Palacio de Minería todavía se usen prácticas políticas del pasado reciente, como la de sentar a empleados en las sillas del auditorio para que no se vean vacías y quitarlos cuando llega el invitado real. Es lo de menos si se va por lo más.

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