El club de ex presidentes

Las buenas maneras entre el presidente Calderón y el presidente electo Peña Nieto pueden inaugurar una etapa inédita en la política mexicana. Al menos la que existe desde que Cárdenas decidió ejercer el poder y exilió a Calles. Los signos de la transición entre los ...

Las buenas maneras entre el presidente Calderón y el presidente electo Peña Nieto pueden inaugurar una etapa inédita en la política mexicana. Al menos la que existe desde que Cárdenas decidió ejercer el poder y exilió a Calles. Los signos de la transición entre los dos presidentes son alentadores. Reuniones de información, de reglas para transitar de una administración a la que sucederá, de información sobre lo relevante de las relaciones internacionales del momento.

La entrevista del Presidente electo con los gobernadores perredistas, atentos y participativos con el ganador de las elecciones, es otro indicador. Miguel Mancera, el inminente nuevo jefe de Gobierno, ha declarado que, aunque todavía no lo invitan, iría (feliz seguramente) a la toma de posesión del nuevo Presidente. Por su parte, ya invitó al mandatario electo a su toma de posesión. Con seguridad Peña asistirá.

Uno hubiera imaginado que la transición entre panistas hubiera sido trámite terso, como en familia bien avenida. Sin embargo, conforme avanzó el sexenio, Fox y Calderón escenificaron episodios agrios, que del sentimiento llegaron al resentimiento. Lo más notorio políticamente, la decisión de Fox de apoyar a Peña Nieto y la más dolorosa probablemente para Calderón, la crítica despiadada del ex Presidente a la guerra contra el narco. Nadie imagina a los Fox cenando con los Calderón en Los Pinos.

Entre priistas las formas eran más amables, aunque en el fondo igualmente tensas. Los episodios son innumerables: el dedo de Ruiz Cortines en su toma de posesión apuntando al presidente Alemán, cuya proverbial sonrisa se congeló, cuando el Presidente afirmó, flamígero en su discurso de inauguración, que en su gobierno “sus colaboradores estarían sujetos a patrones de honestidad administrativa y preocupación patriótica más rígidos que nunca”. Al salir del Palacio de Bellas Artes, habilitado como sede del Congreso, acompañado del Presidente, al salir del umbral, el carismático Alemán, ya ex Presidente, aunque acostumbrado a ir siempre adelante, adelantó el paso para salir primero del recinto, cuando un oficial del Estado Mayor lo detuvo para darle el paso al Presidente recién inaugurado. El rompimiento fue total.

Luis Echeverría, como todos los presidentes priistas designados por el antecesor, mantuvo las formas hasta que se le impuso la banda. Satanizar a los emisarios del pasado y acabar con los diazordacistas fue el signo de su gobierno. Lo mismo le ocurrió a él con su gran amigo José López Portillo, al grado que tuvo que ser designado embajador extraordinario y plenipotenciario en las Islas Fiji. No fue mejor la relación entre López Portillo y De la Madrid, como tampoco las tensiones que siguieron: De la Madrid-Salinas, Salinas-Zedillo.

Es probable que lo que sucede entre Peña Nieto y Calderón inicie una nueva etapa de civilidad presidencial. Es natural que se den tensiones entre quien deja y quien sucede en el cargo. En Estados Unidos se han dado serios enfrentamientos entre los ex presidentes y el Presidente que vive en la Casa Blanca. No obstante, han encontrado fórmulas para resolverlos. Lo han hecho a partir de la creación de un mecanismo informal que se denomina el Club de los Presidentes (The President’s Club). Durante la toma de posesión del presidente Eisenhower, los ex presidentes Hoover y Truman decidieron crear el Club de los Presidentes. El club que formaron supone que quienes acceden a ocupar la Oficina Oval están ligados por siempre, pero al mismo tiempo están sometidos a rivalidades, enconos y envidias para siempre, por lo que resulta conveniente que integren una cofradía de inquilinos de la Casa Blanca. Más allá del origen partidista de los presidentes, sus afinidades y diferencias derivan de haber sido presidentes, del principio de que entre gitanos no se lee la buena ventura y de que al dejar la Casa Blanca, dígase lo que se diga, la nostalgia y pérdida del poder genera las más complicadas reacciones y sentimientos.

Los episodios son innumerables: John F. Kennedy culpando a Ike por el fracaso de Bahía de Cochinos, la manera en que Eisenhower ayudó a Reagan a ganar sus primeros comicios en 1966. Como los dos políticos que más odiaban a los Kennedy, Richard Nixon (republicano) conspiró para que Lyndon Johnson (demócrata) llegara a ser electo y luego lo traicionó. Cómo Gerald Ford y Jimmy Carter de ser acérrimos enemigos se aliaron. Cómo incomoda a todos la manera desenfadada que Carter actúa, comprometiendo en ocasiones líneas de política internacional con aquello que él mismo festeja de ser mucho mejor ex presidente que Presidente.

Lo último son los piques y rivalidades entre Bill Clinton y Obama, en cuya última etapa las relaciones entre los dos se encuentran a partir de un piñón. Lo mejor que tiene Obama es la ayuda que últimamente le viene dando el ex presidente Clinton.

Es probable y tal vez deseable que los presidentes Calderón y Peña Nieto inicien una relación civilizada y productiva entre presidentes. Tal vez podrían fundar el Club de los Presidentes mexicanos. Al contrario de lo que se estimaba una regla de la política nacional, los ex presidentes tienen mucho que aportar si lo hacen pensando en el país y, claro, si los dejan sus sucesores. No es el clóset el mejor lugar para un ex presidente.

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