Chávez conserva el mandato

Fue ratificado con 55% de los votos y la pasión de esta contienda golpeó incluso al abstencionismo...

Por decisión mayoritaria de los venezolanos, Hugo Chávez sigue al frente del Estado y de su revolución bolivariana. Las desbocadas esperanzas de la oposición respecto a la posibilidad de vencer al presidente en las urnas, recibieron un duro golpe popular, de cuya transparencia dieron fe observadores extranjeros de la Unasur y el IFE mexicano, además de personalidades como Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz.

Chávez ganó. Fue ratificado con 55% de los votos y la pasión de esta contienda golpeó incluso al abstencionismo que (según informa el Consejo Nacional Electoral) habría quedado en menos de 20%.

La oposición perdió y vive su segundo peor momento (el primero fue cuando el golpe de 2002 y el fracaso de la figura de Pedro Carmona), pese al carisma de Henrique Capriles.

La disposición del candidato derrotado a reconocer sin tardanza ni taxativas el resultado electoral, lo enaltece y da un ejemplo de madurez política y responsabilidad cívica hacia todo el continente y en particular hacia México, donde perder las elecciones se convierte casi de inmediato en una larga letanía de rechazos, amarguras y amenazas.

Un hecho inocultable es que Venezuela sigue y seguirá dividida por mucho tiempo. Capriles obtuvo poco más del 44% de los votos y su llamado a Chávez, para que tome en cuenta ese hecho y gobierne en consecuencia, no debe caer en el vacío; de lo contrario, los odios políticos se harán sentir y tendrán como rehenes a los ciudadanos.

Aun si la política es el arte de la negociación, en Venezuela, como en México, se ha preferido durante mucho tiempo la política adversarial, la que encona, la que divide, cuya consigna es: cuanto peor, mejor. Continuar por este camino provocaría que las pérdidas para el país y el impacto negativo en la calidad de vida de los venezolanos, entorpecieran el proceso revolucionario.

En cuanto a Estados Unidos, que apoyó tanto abierta como encubiertamente a Capriles, es evidente que no ve con buenos ojos el triunfo de Chávez, pero le ofrece certidumbre en el suministro de petróleo, algo muy bien recibido por Washington —siempre que Venezuela se mantenga estable—, dado que los venezolanos envían hacia allá 85% de sus exportaciones petroleras, que representan entre 12% y 15% de las compras de crudo de ese país.

Chávez ha hecho muchas cosas buenas. Entre ellas, incluir en la Constitución la cláusula del referendo revocatorio presidencial, que abrió una posibilidad no explorada en América Latina para la democracia representativa. También supo dar voz a las clases que durante décadas estuvieron marginadas y excluidas en una Venezuela de estilo oligárquico, que fluctuó entre gobiernos de facto y democracias corruptas.

No obstante, ha equivocado algunos caminos. El principal, quizás, dejarse perder por un estilo adversarial y poco humilde, que le impidió tender puentes para comunicarse con quienes tenían otras ideologías; un detalle no menor que, no obstante su victoria, puede seguir siendo un peligro latente para él.

Le cedo la palabra al periodista y escritor argentino Santiago O’Donnell, quien publicó estas líneas en el diario Página/12: “Es cierto, como dice la oposición, que hay fallas de gestión, que hay bolsones de corrupción, que hay falta de inversión, que hay inflación alta, que hay mucha inseguridad. El liderazgo hiperpersonalista de Chávez podrá oscilar entre el populismo y el autoritarismo.

“Pero en la campaña Chávez pudo decir sin faltar a la verdad que durante su gobierno la pobreza se redujo a la mitad, la pobreza extrema se redujo a la mitad, se acabó el analfabetismo en Venezuela y se extendieron servicios y derechos políticos por primera vez a amplios sectores de la población.

“La oposición presentó sus argumentos. Pudo hacerlo con libertad. Pudo ocupar espacios en medios masivos y convocar manifestaciones multitudinarias. (…) Fueron unas elecciones limpias, pacíficas y multitudinarias. Venezuela, una vez más, eligió a Chávez”.

En eso consiste la verdadera democracia: en que el pueblo decida, aunque a algunos no les guste la decisión.

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