El Maratón de Berlín

Estuve muy cerca del escritor Murakami este domingo que corrí, con otros mil mexicanos. El triatlón reúne a 40,000.

BERLÍN, Alemania.—. Haruki Murakami es el mejor escritor corredor que existe, aunque es probable que otros escritores sean mejores corredores que el novelista japonés. Uno de sus muchos libros, De qué hablo cuando hablo de correr, además de un homenaje al libro de Raymon Carver, De qué hablamos cuando hablamos del amor, es una guía de lo que este deporte significa para quien lo practica. Explica algunas de las razones por las cuales los corredores se vuelven diferentes de los demás por la exigencia mental y física de prepararse para correr largas distancias. Murakami puede ganar el siguiente Premio Nobel.

Dice que las cualidades más importantes de un novelista son la habilidad imaginativa, la inteligencia y la concentración. Sólo que para mantener estas cualidades en un nivel alto y constante debe mantenerse una considerable fortaleza física. Hace años estaba a cargo de un bar de jazz en Tokio cuando decidió hacerse escritor profesional. Como los escritores son sedentarios y eso conlleva problemas como la obesidad, la presión arterial alta y otras dolencias, decidió empezar a correr y desde entonces, hace más de 20 años, no deja de hacerlo casi todos los días.

Estuve muy cerca de Murakami este domingo que corrí, con otros mil mexicanos, entre ellos mi hijo Juan Carlos, el Maratón anual de Berlín, que congrega a cerca de 40 mil corredores de todo el mundo, al que acude un millón de personas a presenciarlo. Estuve cerca del autor de Tokio Blues, no porque Murakami hubiera estado en Berlín, sino por acordarme, mientras corría, del primer maratón de Murakami. Corrió su primer prueba en Atenas. Ese maratón recrea la carrera de Fidípides, que lo convirtió en héroe legendario al recorrer una distancia muy larga (los historiadores no se ponen de acuerdo sobre qué tan larga) para avisarle a los espartanos que los atenienses requerían ayuda inmediata ante el ataque de los persas. Resulta que la carrera fue todo menos mitológica. Haruki tenía que ir sorteando perros muertos en el camino, con los que podía tropezar y perros vivos que lo podían morder. A pesar del fiasco helénico, desde entonces decidió correr un maratón (42 kilómetros) al año, como lo escribe en su libro.

Berlín es probablemente la ciudad más global del planeta. La historia del siglo XX berlinés es para que Murakami la escriba. Capital del imperio alemán durante la Primera Guerra Mundial, capital de la democrática República de Weimar hasta la llegada del nacional socialismo y en consecuencia capital del Tercer Reich hasta que Alemania perdió la Segunda Guerra. Después de la división alemana recuperó su sitial al declararse nuevamente capital de la República Federal Alemana. Ha tenido todo, emperador, demócratas republicanos, nazis, socialistas, comunistas y federalistas.

Tal vez por esta historia de grandezas y miserias es que Berlín esté tan abierta al mundo. Se estima que un millón de personas salió a la calle, uno de cada tres berlineses, para vitorear a los corredores. Entre los de élite estaban los kenianos, que dominan la prueba al dejar atrás a los etíopes. Los maratonistas mexicanos que fuimos a Berlín corremos más o menos como Murakami. Los corredores mexicanos que alguna vez ocuparon los primeros lugares en los maratones más reconocidos como Nueva York o Boston dejaron de participar en estas pruebas. Una explicación es que profesionalmente les resulta más productivo participar en carreras cortas de diez kilómetros o medio maratón, que dedicar tanto esfuerzo a la reina de las pruebas de fondo.

Para los mexicanos, Alemania ha sido siempre un amable referente de amistad, cordialidad y entendimiento. Nuestra embajada en Berlín, diseño notable de Teodoro González de León, luce digna en la mejor zona de Berlín. Los diplomáticos mexicanos han hecho un magnífico trabajo que comprueba la expansión exitosa de las armadoras de automóviles en México.

El grupo de ProMéxico montó un stand en la feria previa al maratón y lo atendían unas personas muy amables. Ante la petición de un corredor de Chihua-hua por obtener algunos souvenirs, la encargada del local, al verlo alto, rubio y de ojos verdes, le preguntó con inconfundible acento madrileño si efectivamente era mexicano. “Yo sí”, le contestó el norteño de mero Chi-

huahua, “pero usted es la que no”. Buen trabajo de promoción mexicana, si bien, como diría Agustín Lara: más castizo que la calle de Alcalá, ¡Ole!

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