El que espera, desespera

Entre la elección del primer domingo de julio y la toma de posesión del Presidente hay cinco meses perdidos.

El que espera, desespera, decía aquel comercial de Sal de Uvas Picot. Así está el escenario político mexicano. Todo debido a una inercia que al viejo PRI no le interesó modificar y que el PAN no tuvo la capacidad de hacerlo. Entre la elección del primer domingo de julio y la toma de posesión del Presidente hay cinco meses perdidos. La reciente reforma política dejó muchas cosas olvidadas, acortar este lapso fue una de ellas. —Otros asuntos quedaron para después: la segunda vuelta electoral, con la que todo México está de acuerdo, excepto los que toman las decisiones, la reelección de legisladores, las facultades a la Suprema Corte para iniciar leyes de su competencia, reducir el número de integrantes de las Cámaras de Diputados y Senadores, cancelando los cargos legislativos por principios distintos al de la elección popular directa (los insostenibles plurinominales), incrementar el porcentaje mínimo (10%) para que los partidos políticos conserven su registro. Éstas y muchas otras quedaron aplazadas.

Una reforma impostergable es la de evitar el periodo de vacío político, el interregno, que se convierte en limbo, especialmente ahora que existe la alternancia. Entre las reformas que se aprobaron están las nuevas reglas para el indeseable caso de que se presente la falta absoluta del Presidente. Si la falta ocurre en los primeros dos años del periodo el Congreso, convertido en colegio electoral, designa un presidente interino que convoca a elecciones. Entre la convocatoria para la elección y la jornada electoral habrá un plazo no menor de siete ni mayor de nueve meses. El Presidente electo rendirá protesta siete días después de concluido el proceso electoral.

Esto significa que el Presidente que deba concluir el periodo entrará prácticamente inmediatamente en funciones una vez que concluyan todos los procesos e impugnaciones previstos en la legislación electoral. Si esto ya se discutió para el supuesto de la falta del Presidente, parecería inevitable que la siguiente etapa de la reforma comprenda entre otras cuestiones la de ajustar el tiempo entre la conclusión del proceso electoral y la toma de posesión.

La reforma evitaría estos extraños meses en que un Presidente, al que se le acabó el tiempo para gobernar, quiere aprovechar cinco meses para hacer lo que no pudo en seis años. Los chistes y ocurrencias presidenciales son innecesarios. Ni siquiera la cortesía obligada al Presidente lo salva. El mismo día que el Presidente habla triunfal de sus logros se hacen evidentes los errores del gobierno: el tiroteo de policías federales a los agentes estadunidenses y el affaire MVS.

El plazo tan amplio para que el Tribunal Electoral revise las impugnaciones genera una atmósfera poco favorable para la preparación del cambio de gobierno. El gobierno que ya se va avanza lento, “de vuelito”. El gobierno que va a llegar está maniatado por el diseño electoral que espera hasta el final para la declaratoria de Presidente electo.

Quienes ven a México en el exterior no entienden por qué cinco meses de transición. La revista The Economist refiere que en Brasil —país con el que siempre nos compara— la transición es de dos meses; en Colombia de siete semanas. En Francia vimos cómo después de la segunda vuelta electoral, a los pocos días Sarkozy dejó el Palacio del Elíseo para que lo ocupara Hollande. En Estados Unidos las elecciones son en noviembre y el presidente electo toma posesión en enero.

Quedan pendientes muchas reformas. La fiscal, la energética, la laboral, la de seguridad social, la educativa, ninguna más importante que la otra. Entre las reformas políticas diferidas —igualmente necesarias— se debe acortar el plazo entre la declaratoria de validez de la elección y la protesta presidencial. En estos tiempos en que todo gira con vertiginosa rapidez, es absurdo esperar dos meses para la declaración de Presidente electo y todavía tres meses más para que la persona elegida por la mayoría pueda tomar posesión del cargo.

Un Presidente se despide insistentemente, el otro solamente puede esperar.

Temas: