La permanente amenaza nuclear

Aun cuando el número de bombas nucleares tiende a disminuir, el riesgo de que sean utilizadas, parece aumentar.

El 6 y el 9 de agosto de 1945 son dos de las más dolorosas y terribles fechas en la historia universal de la infamia: Estados Unidos lanzó las primeras y por fortuna hasta ahora únicas bombas atómicas utilizadas en la historia de la humanidad, contra las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Centenares de miles de vidas se perdieron como resultado directo del ataque.

Las bombas nucleares devastaron ambas ciudades. Sin embargo, los efectos del bombardeo sobre cada una fueron diferentes: la situación geográfica influyó sobre el grado de destrucción. En Hiroshima, emplazada sobre un valle, las olas de fuego y radiación se expandieron más rápidamente y a mayor distancia que en Nagasaki, cuya orografía montañosa contuvo la expansión de la destrucción.

Dos kilómetros a la redonda de donde estallaron las bombas, la catástrofe fue absoluta: el fuego y el calor mataron instantáneamente a todos los seres humanos, plantas y animales. No permaneció en pie ni una sola edificación y se quemaron, además, las estructuras de acero de los edificios de concreto. Las ondas expansivas hicieron saltar en pedazos los vidrios de ventanas situadas hasta a ocho kilómetros del lugar. Los árboles fueron arrancados de raíz y quemados por el calor. En algunas superficies, por ejemplo los muros de edificios, quedaron las siluetas de carbón de las personas desintegradas por la explosión.

Esta doble catástrofe, que con el nivel de desarrollo tecnológico de las armas nucleares queda como un primer y devastador balbuceo del horror, no puede ni debe tener una repetición magnificada. La bomba nuclear más poderosa detonada hasta ahora fue equivalente a tres mil 800 veces la de Hiroshima y un poco menos respecto a la de Nagasaki. Según Masatoshi Koshiba, Premio Nobel de Física en 2002, tres de esas bombas, detonadas cerca de la atmósfera, podrían dejar sin vida al planeta entero.

La abolición de las armas nucleares es el desafío prioritario para los pueblos y gobiernos de todo el mundo: una condición indispensable para la supervivencia, la sustentabilidad y la salud de la Tierra y las futuras generaciones humanas. Tanto por la escala de la indiscriminada devastación que ocasionan, como por la singularmente persistente lluvia radiactiva que se propaga y ocasiona daños genéticos, las armas nucleares son muy distintas a todas las demás. Una sola bomba nuclear detonada sobre una gran ciudad podría matar a millones de personas en un instante. Un ataque masivo con decenas o centenares de bombas nucleares podría trastornar el clima global y ocasionar una hambruna generalizada. Aun cuando el número de bombas nucleares en los arsenales existentes tiende a disminuir, el riesgo de que sean utilizadas, por accidente o deliberadamente, parece ir en aumento. Si esto ocurriese, las consecuencias humanitarias serían catastróficas.

A despecho de la nueva retórica gubernamental, sobre todo de Estados Unidos, acerca de la urgencia de consolidar un mundo libre de armas nucleares, los gobiernos no han comenzado todavía las negociaciones para un tratado global de desarme nuclear.

La Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN, por sus siglas en inglés), un movimiento de organizaciones de la sociedad civil en 60 países, al que pertenece en México el Círculo Latinoamericano de Estudios Internacionales (CLAEI), considera que las discusiones acerca de las armas nucleares no deben enfocarse en los conceptos estrechos de la seguridad nacional, sino en los efectos de esas armas en los seres humanos, en la salud, la sociedad, el medio ambiente, los factores que condicionan y posibilitan la vida en la Tierra.

Los procesos que posibilitaron la adopción de tratados para prohibir las minas terrestres y las municiones de racimo en 2008, demostraron la importancia de dar prioridad a las consideraciones humanitarias, porque así fue posible superar obstáculos aparentemente inamovibles.

Es preciso adoptar un enfoque similar para erradicar las armas nucleares, los instrumentos más devastadores, inhumanos e indiscriminados de asesinato masivo jamás creados.

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