¿Qué dirá Peña Nieto al tomar posesión?

Tendrá oportunidad de arrancar su gobierno con un mensaje que deberá ser crucial. No imagino qué le aconsejarán.

Los discursos políticos pueden ser puntos de quiebre de la historia. En el siglo XX hubo algunos antológicos. El de Lenin, en 1917, con el que anunció el inicio de la nueva fase de la historia de Rusia. El que pronunció al año siguiente su camarada León Trotsky. Clamaba por un ejército que hiciera frente a las amenazas del imperialismo internacional.

Menos radicales también, pero igualmente famosos los discursos de dos reyes ingleses, Eduardo VIII, con el que renunció al trono “por el amor de una mujer” (Wallis Simpson) y abdicó a favor de su hermano Jorge, el Duque de York. El del hermano tartamudo, con el que Jorge VI declaró la guerra a Alemania, sobreponiéndose a sus dificultades de dicción. El discurso cambió la historia y legitimó plenamente al rey, el padre de la actual reina Isabel de Inglaterra. Motivó una excelente película (The King’s Speech) alrededor de tal discurso. Inició con: “en esta grave hora, tal vez la más ominosa de nuestra historia...” Al terminar, olas de ingleses, como si fuera triunfo del Manchester, clamaban: “We love the king”.

Los discursos de Hitler (“¡Mi paciencia se acabó!”). El de Mussolini (“Italia, ¡entera y universalmente fascista!”), el de Winston Churchill (“Sangre, sudor y lágrimas”) fueron igualmente antológicos, como el de John F. Kennedy en Berlín (“Ich bin ein berliner”).

Otro discurso desconocido, pero que cambió la historia fue el de Lyndon Johnson en 1965. Retomó el clamor de negros, incluidos muchos niños, que fueron, algunos, asesinados, y otros, brutalmente golpeados por la policía en Selma, Alabama, cuando marchaban en defensa de su derecho al voto. El presidente Johnson, al presentar su iniciativa de ley para garantizar el voto de los negros, ley todavía vigente, utilizó la misma frase de los negros vapuleados: “We shall overcome”. Como está documentado, cuando Martin Luther King escuchó el discurso de Johnson por televisión, no pudo contener las lágrimas. El mismo King pronunció otro célebre discurso “I have a dream”, sin llorar, cuyo efecto más reciente es la elección presidencial de Obama.

En México, Díaz Ordaz pronunció uno histórico, si bien ominoso, en la Cámara de Diputados, asumiendo la responsabilidad del 68, sin que un solo diputado de oposición (PAN) hubiera siquiera movido la ceja en desaprobación. Eran los tiempos en que estaba despojado el derecho a la palabra. José López Portillo pronunció un esperanzador discurso en su toma de posesión, que cambió la pesadumbre nacional durante unos cuantos días, para después enrarecerla nuevamente con sus extravagancias y frivolidades. Fox echó a perder el inicio de su gobierno en su discurso de toma de posesión con las poco comedidas menciones a sus hijos, que nunca vinieron al caso. Calderón se irá sin haber dejado huella en un discurso.

Lyndon B. Johnson tomó el gobierno en las más difíciles condiciones imaginables. Una enorme tensión internacional por la Guerra Fría, la guerra en Vietnam, la lucha de los derechos civiles en Estados Unidos y el fantasma del asesinato de Kennedy. Fue precisamente su declaración de guerra contra la pobreza lo que lo convirtió de advenedizo, despreciado por el arrogante gabinete kennediano, que tuvo que mantener en funciones por la presión de Robert Kennedy que nunca reconoció su autoridad política, en algo más que un político exitoso; se transformó en estadista que marcó el rumbo. Johnson lanzó su programa de la Gran Sociedad y avanzó en la lucha contra la pobreza y en la consolidación de los derechos civiles.

Peña Nieto tendrá la oportunidad de arrancar su gobierno con un mensaje que deberá ser crucial. No imagino qué aconsejarán sus asesores. ¿Cuáles las líneas?: la reconciliación, la unidad nacional, la nueva política, la mano extendida, la tolerancia política, el no mirar para atrás, el desmarcarse del viejo PRI, el desmarcarse de los caciques, la apertura, la humildad en la victoria, la pluralidad, el cumplimiento de la ley, el Estado de derecho, la fortaleza de las instituciones o de los ciudadanos que las crean, la firmeza del gobierno, la seguridad nacional.

Tiene la gran oportunidad de declarar una nueva guerra. Ya no la guerra contra el crimen organizado que íbamos ganando hasta que nos dimos cuenta que la perdimos. No la guerra contra las drogas. Tal vez será la guerra contra la pobreza. Las armas para combatirla son mejorar la educación, la vivienda, la alimentación, la salud, el abatimiento del desempleo, impulsar el crecimiento económico. Ganando esa guerra, ahora sí que ganaría México, porque solamente con elecciones, como es evidente en estos días, no se gana todavía nada.

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