¿Dónde están los líderes de la izquierda?

El País, órgano cercano a la izquierda española, considera que AMLO es un lastre para la izquierda mexicana.

En alguna ocasión escuché a Rubén Bonifaz Nuño, el poeta del siglo XX mexicano, decir que lo bueno de la lucha de clases es que la íbamos ganando. No es que don Rubén fuera clasista o anticomunista, simplemente jugaba. Una lucha de clases es la que vive México de manera soterrada. AMLO ha declarado al mundo que el PRI compró cinco millones de votos a los pobres. Las reacciones ante tal dislate ya empezaron. El País, órgano cercano a la izquierda española, considera en su editorial del domingo que AMLO es un lastre para la izquierda mexicana. La pregunta que sigue: ¿Dónde están los líderes de la izquierda mexicana (varios confiables) en este trance?

Los partidos políticos, como la sociedad mexicana, se han democratizado en cuanto a la integración por estratos sociales. No es que el PRD sea el partido de los pobres o el PAN el de los ricos. Algún tiempo el PRI fue un partido eminentemente popular (también populista), para luego convertirse en un partido pluriclasista. Algún tiempo el PAN fue el partido de las clases medias educadas, de empresarios y de abogados conservadores.

Ahora el PAN quedó desquebrajado con el terremoto electoral. De ser un partido de la clase media social-cristiana, encabezado por figuras respetables, quedó reducido, como el PRD, a tribus desperdigadas: los leales a Calderón (cada vez menos); los seguidores de Josefina Vázquez Mota (cada vez más rezagados); los afiliados a Santiago Creel; los pragmáticos incorporados a la nómina de Diego Fernández de Cevallos; los empresarios del centro (los zapateros de León) y del norte (los Bárbaros del Norte) y algunos católicos que todavía le rezan al padre Pro. El PRI por su parte tuvo el acierto de mantenerse unido. Aprendió de sus errores.

En Estados Unidos, donde el dinero juega un papel crucial, la política no es excepción. Mitt Romney se ha vuelto un fenómeno recaudando dinero para su campaña. Las aportaciones al republicano son pocas en número, pero en grandes montos, mientras que las de Obama provienen de aportaciones masivas a partir de tres dólares con el aliciente de participar en rifas para cenar con los Obama. En Estados Unidos, tan importantes como las encuestas, son las cifras del dinero recaudado. Los ricos no quieren a Obama. La paradoja es que el sentimiento de odio no es consecuente con la realidad de los superricos. Pocas veces le ha ido mejor al segmento de 1% de la población. Mientras el desempleo afecta a 8 por ciento de la población que requiere trabajo, el mercado de valores se ha recuperado, las empresas disponen de gran liquidez y el mercado de bienes suntuarios está a la alza. Con el apoyo del gobierno de Obama, algunos bancos y las grandes compañías automotrices, General Motors y Chrysler, salieron de la crisis y tienen un promisorio futuro. Obama ayudó a las empresas de Detroit y no se dejó llevar por las voces izquierdistas que clamaban que nacionalizara la industria automotriz o los bancos que rescató de la quiebra.

La preocupación es el aumento de los impuestos. Obama ha reiterado su propuesta de dejar sin efecto las exenciones a patrimonios familiares de más de 250 mil dólares que data de la era Bush. Al mismo tiempo propone reducir las tasas impositivas para todos los demás.  Esta propuesta es consistente con una política de redistribución de la riqueza y de cargas fiscales proporcionales con la que todos deberían estar de acuerdo, así no le guste a nadie pagar más.

Chrystia Freeland, del New York Times, lo plantea con la comparación de las posturas sobre la riqueza de Romney y de Obama. Mientras para el primero quien gane más de 250 mil dólares al año es un “generador de empleos”. La propuesta del Presidente de aumentarles los impuestos no sólo dañará a ese 1%, sino a todo el país, asegura el millonario mormón. Si se daña a los generadores de empleos no se atiende un problema central de la economía como es el desempleo.  Para Romney, los liberales no entienden cómo funciona la economía.

Obama, por su parte, dice que le encanta que la gente se vuelva rica. Sólo que todos deberían tener la oportunidad para lograrlo. Una vía para lograrlo es imponer cargas impositivas a los ricos para que la clase media pague menos.

No parece que se pondrán de acuerdo. Los republicanos más conservadores han mantenido una campaña de descrédito del Presidente al considerarlo “socialista”. Las casas de colonias de clase media alta muestran en muchos jardines anuncios domésticos que dicen “Say no to Socialism”, consigna que se ve en las defensas de los automóviles último modelo. Tildan al Presidente hasta de comunista, lo que en ese país es casi una acusación penal. Demuestra que no saben bien qué pretende Obama y que tampoco saben qué es el socialismo.

En México no entramos todavía a un debate sobre el tratamiento fiscal a la riqueza. Las vicisitudes electorales nos han hecho perder la brújula que deberá afinarse para saber hacia dónde vamos en política social y de distribución de la riqueza. Nuestra clase media ha crecido notablemente, activo que dejan los gobiernos panistas, no obstante, insuficiente todavía, pues la pobreza es el agobio mayor del país. AMLO acusa al PRI de comprar los votos a los pobres. Como si los pobres no pensaran, no supieran decidir o se dieran cuenta de que el voto es secreto. Son pobres, pero eso no anula su inteligencia. Mientras tanto, en Estados Unidos la moneda está en el aire: ¿Ganará el dinero de unos cuantos ricos o el de muchos pobres?

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